Que se pelonen

(Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia)

El sol estaba por salir y a Cacaseno —jardinero del palacio del rey—, le pareció completamente anormal ver a su rey hablando en voz baja y caminando lentamente por entre los vericuetos que formaban los bellos jardines que tenía a su cuidado. A diferencia de la mayoría de los jardineros, Cacaseno, aunque ya frisaba los cincuenta años, no era un pachorrudo, por el contrario, era muy activo y se movía con rapidez. Era flaco, huesudo, de cara reseca, y con unos ojos hundidos que el rey decía que eran ojos de tuberculoso. Usaba un sombrero de copa acampanada y ala muy ancha que se calaba hasta los ojos. No era un ignorante, la inteligencia le brotaba por todos los poros; quizá era muy hablantín pero eso le gustaba al rey porque dentro de todos sus empleados, Cacaseno era el único que lo hacía reír.

Por su parte el rey era, pues…como la mayoría de los reyes: Muy serio, muy creído de sí mismo, nunca saludaba a sus empleados, cuando se veía obligado a hablar con alguno de ellos, nunca lo miraba directo a los ojos, siempre por encima; en otras palabras, fue criado para ser rey, para ser poderoso.

Había entre aquellos dos disímiles seres una rivalidad, digamos, amistosa. Era un antagonismo no declarado abiertamente, algo así como: —Tú serás rey pero no eres inteligente. Yo soy un simple jardinero pero soy más inteligente que tú—. Y por el lado del rey como si no tuviera otras cosas qué hacer, se la pasaba buscando formas de probarle a Cacaseno que por el hecho de que él era rey, necesariamente era más inteligente que un simple jardinero.

De manera que aquella hermosa mañana el jardinero decidió seguir al monarca por entre los vericuetos del jardín, y sin hacer ruido, fue y se colocó detrás de él con toda la intención del mundo de enterarse de qué era lo que iba murmurando. Grande fue su desconcierto al escuchar a su rey repitiendo frases incoherentes como:

—¿Será cierto? ¿No será cierto? —Se detenía por segundos, colocaba su mano derecha en la frente y, —es muy posible que sí, pero también es posible que no, quizá debo consultarlo con alguien… pero… ¿con quién? Si consulto a los miembros de la corte del palacio, todos me van a decir que sí, obviamente, porque les conviene, luego entonces debo consultar con alguien que sea imparcial. ¡Oh! Cómo no se me había ocurrido, ¡¡¡Cacasenooo, Cacasenooo!!!

—Y ahora qué mosco le picó a mi “estimado” monarca, —pensó Cacaseno, e inmediatamente se adelantó unos pasos, se quitó el sombrero, e inclinando la cabeza, saludó zalameramente: —Bueeenos días su majestad, en qué puedo servirle, ya saaabe que sieeempre estoy a sus órdenes.

El rey contuvo su intención de zurrajarle una cachetada indignado por el tono sarcástico del saludo de Cacaseno, se le puso la cara colorada por aquello de la repentina subida de la presión arterial, respiró profundo, no sin esfuerzo debido a su tremendo exceso de peso, y sin preámbulos ni rodeos, le soltó la pregunta que tanto le afligía aquella mañana:

—¿Acaso sabes tú, mi “estimado” jardinero, de un rey que sea más poderoso que yo? —Usando el “estimado” también de manera sarcástica—

—Agárrate porque te “cais”, —pensó Cacaseno abriendo desmesuradamente los ojos y a punto de soltar la carcajada. Luego sonriendo socarronamente le dijo: —Gracias Su Majestad por lo de “estimado”, y contestando su interesante pregunta, pues…sí…yo pienso que es usted un rey muy poderoso, y también muy querido por sus súbditos. En cuanto a que si Su Majestad es el rey más poderoso de la tierra, pues…la verdad…la verdad…no lo creo.

—¡¡¿Queeeeé, acaso dudas de mi poder?!! —gritó el rey, fingiendo una ira que no sentía.

—Tranquilo, tranquilo, —dijo Cacaseno, —Si Su Majestad me lo permite y ya que parece que podemos entrar en una conversación que a mí me parece muy interesante, le haré saber con todo el respeto que usted se merece, cuál es la opinión que yo tengo acerca del poder: Si se entiende que “poder” es la capacidad que una persona tiene para imponer su voluntad sobre otros, ya sea por convencimiento o a la fuerza, entonces no se puede afirmar que se es “el más poderoso del mundo” porque, en cualquier terreno, siempre hay uno que es superior. Y sin ser irrespetuoso, me atrevo a afirmar que aunque usted es muy poderoso, como ya lo dije antes, no es absolutamente poderoso ni siquiera en su propio reino.

—¡Ja Ja Ja!, —se rio el rey a carcajada batiente, —deliras Cacaseno y no sabes lo que dices. Los ciudadanos de mi reino harían cualquier cosa que yo ordene porque saben que soy poderoso, y no solamente por eso, sino porque me estiman y me respetan.

—Con todo el debido respeto que usted se merece, y de antemano pidiendo perdón, —dijo Cacaseno, —lo dudo, lo dudo mucho, y lo que es más, se lo puedo probar.

El rey levantó los brazos y como que se los aventó a Cacaseno en un gesto de desesperación. —¡¡Estás loco Cacaseno, no sé cómo podrías probar lo que afirmas, pero inténtalo y verás que estás equivocado, y ay de ti, si fallas en el intento!! —Dijo el rey con voz fuerte, casi gritando, y se alejó lo más rápido que su obesidad le permitió.

Cacaseno continuó trabajando con aparente tranquilidad, pero su mente estaba funcionando a mil kilómetros por minuto. De repente exclamó; —¡¡Ya está!! —Aventó sus herramientas de trabajo a donde cayeran y con paso ligero se alejó del palacio con rumbo al pueblo.

—Tiene que funcionar, —murmuraba entre dientes, —tiene que funcionar. No sabe lo que le espera a mi “estimado” monarca. El kiosco de la placita del pueblo le sirvió de tribuna, y tan pronto como subió al kiosco, comonzó a arengar a las gentes con voz gritona: —¡¡¡Acérquense compañeros ciudadanos, vengan, tengo algo urgente que comunicarles, que vengan sus mujeres, el asunto les concierne principalmente a ellas!!!

Más pronto que tarde Cacaseno se vio rodeado de gente, especialmente mujeres ancianas, maduras, jóvenes, y hasta niñas. Cacaseno seguía aparentando una preocupación desmedida; gritaba, levanta los brazos, haciendo movimientos como desesperado; —¡¡¡vengan, vengan pronto!!! —Luego sin decir “agua va”, les lanzó la “noticia” que les cayó como pedrada en la cabeza: —¡¡¡Conciudadanos, me acabo de enterar hace unas horas de algo descabellado, algo que es inaceptable y que me llena de ira y de coraje: El rey tiene planeado lanzar ya pronto un decreto en el que ordena a todas las mujeres a QUE SE PELONEN al rape!!!

La reacción fue fenomenal: —¡¡¡Que se pelone la reina primero!!! —Gritó una viejita. —¡¡¡Que se pelone la abuela del rey!!! —Gritó una joven. Cacaseno pidió calma, —¡¡¡yo ya hablé con la Getru —Gertrudis, la esposa— y dijo que va a estar muy difícil para que ella obedezca esa ley. Así que, yo les propongo que hagamos una demostración frente al palacio mañana muy tempranito. Vamos a demostrarle al rey que por muy poderoso y estimado que sea, no estamos dispuestos a obedecer barrabasadas!!!

El alboroto a la entrada del palacio fue fenomenal. Los guardias trataron en un principio de impedir que la gente se acercara pero cuando se dieron cuenta de qué se trataba, se unieron a la demostración. El rey despertó asustado y temblaba de pies a cabeza; se le olvidó el poder; se le olvidó la grandeza, y se le olvidó todo. Cuando salió a ver que era lo que estaba pasando, al primero que vio fue a Cacaseno que le guiñaba un ojo.

—¡¡Venimos a ver cómo le vas a hacer para obligarnos a pelonarnos!! —Le gritó una valiente que estaba cerca de él. —¡¡Que salga la reina, queremos ver si ya se pelonó!! —gritó otra.

El rey pidió calma, y con voz temblorosa pidió una explicación. Una mujer que por sobrenombre le decían “la garrocha” porque era flaca y espigada, se acercó y le dijo: —Nos hemos enterado que Su Majestad planea lanzar un decreto en el que obliga a las mujeres del reino a que se pelonen al rape, y venimos a demostrarle que no estamos dispuestas a obedecer semejante ley.

El rey se quedó frío y volteó a ver a Cacaseno, y ahí estaba, muy quieto con una sonrisa de oreja a oreja. Al monarca no le quedó de otra más que disculparse. Les dijo que posiblemente había dicho algo relacionado con mujeres pelonas, pero que había sido una broma, y que seguramente la tomaron fuera de contexto. La gente se tranquilizó y poco a poco se alejaron del palacio. El rey volvió a sus aposentos caminando despacito y murmurando: —Ay Cacasenito, ya me las pagarás un día.

 

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