BOLERITO

BOLERITO

(El dolor de los pobres)

 ¿Lo boleo pues?…¿Lo boleo pues?

Va el bolerito por las calles ofreciendo sus servicios, así, de esa manera, usando el “pues” como para medio forzar al posible cliente; como que deja la impresión de que ya han quedado en que le lustraría el calzado. Otros compañeros de oficio usan otras formas de ofrecer sus servicios, como: “¿Un trapazo señor? O, ¿le doy grasa maestro? O, ¿lo boleo señor? El bolerito piensa que su —¿lo boleo pues?— es mejor porque le funciona aunque no al cien por ciento y también porque a él le gusta ser diferente. Las críticas de sus compañeros no le importan porque él es libre en su forma de pensar; es su negocio y él lo va a manejar como él quiere, su mente no está subordinada a los demás. A tan temprana edad ha decidido ser libre, y está consciente de que su libertad termina donde comienza la de los demás. Eso se lo enseñó su padre, —quién más—. Su mejor amigo, su único amigo. Algunos le tienen envidia y lo critican y se burlan de él, pero a él no le importa. No son pocas las ocasiones en que ha tenido que enfrentarse a puñetazos para defender su derecho. El pleito más memorable fue el que tuvo con “el Licho”, mozetón moreno, de voz gruesa, gordo, y despidiendo siempre un penetrante olor a cebolla. Le quiso quitar un cliente y eso no se lo permite a nadie. Si ganó el pleito o no, eso no le importa, la intención era hacerse respetar por aquel busca-bullas, y lo logró.

El bolerito tiene permiso de parte de algunos propietarios de cantinas para entrar en sus negocios en busca de clientes, como el “Nevada” del señor Muñoz, “Los Compadres” del señor Rodríguez, o “El Toreo” de don Gonzalo. Esto no es muy recomendable porque a veces en las cantinas surgen pleitos muy feos: Las peleas entre adultos casi siempre llevan la intención de matar. Y es por eso no se siente a gusto cuando está dentro de la cantina. En “El Nevada” mataron un hombre y hacía unos cuantos minutos que él había estado allí. Tiene sentimientos encontrados; porque por un lado le habría gustado ser testigo de los hechos, por otro lado siente temor; ¿cómo será ver morir a un hombre? se pregunta a sí mismo. A veces tiene problemas con la policía. Está consciente de que los menores de edad no deben entrar en esos antros de vicio pero los clientes son muy buenos, porque, ya entrados en copas, dejan muy buenas propinas; así que, tiene que ponerse “aguzado” por si entra algún policía. Tres pesos por mes y bolear a los policías gratis es le cuesta el “permiso” de la presidencia por trabajar en las calles. Tres pesos que se quedan en la bolsa de los policías porque los permisos se venden en la calle, eso lo sabe él y le indigna, pero ¿qué puede hacer un niño contra el poder? No le queda de otra más que huir, sacarle la vuelta a los azules.

El bolerito ejerce su oficio los fines de semana en los meses de clases escolares; a veces le va bien si hay buenas propinas, como cuando lustra los zapatos a uno o dos gringos. A ellos les cobra un “nicle” pero siempre le dan una peseta, o sea tres pesos con diez centavos. El cobro por boleada para los co-nacionales es de veinticinco centavos, más la propina si es que le dan, aunque nunca la exige. Le gusta conversar con los clientes: —¿Lo boleo, pues? Le prometo dejar los zapatos como espejos, hasta va a poder mirarse en ellos ¿sí? —Y si el cliente acepta, le platica de sus aventuras. Cosas de niños, claro. También trabaja a domicilio, especialmente cuando el frío es intenso. Y también tiene su estilo de ofrecer sus servicios:

—Le vine a bolear los zapatos, todos los que tenga, a veinticinco centavos el par, se los dejo bien brillantes y le prometo no ensuciar el piso.

La idea de trabajar a domicilio le vino cuando en una ocasión  se encontró en la calle a una señora que traía los zapatos desteñidos y algo raspados y le dijo:

—Si usted gusta, voy con usted a su casa y ahí le boleo todos los zapatos que tenga, nomás que sean negros o cafés.

Le va bien en las casas porque no sólo le pagan su trabajo sino que a veces le dan una tasa de café, o un vaso de leche con pan si es por la mañana, o un buen taco si es por la tarde. Lo único que lamenta el bolerito es que eso no lo puede hacer todos lo días, sino cada dos o tres semanas.

Es veinticinco de diciembre, día de los “crismes.” El cielo está limpio, sin una nube siquiera. No está haciendo frío, está fresco eso sí, pero todo indica que el día será tibio, un día para estar contento, pero el bolerito está triste porque “santa clos” no le trajo nada, sin embargo lo comprende porque la situación económica en su casa es precaria, apenas si hay para comer. Pero está triste, eso no lo puede evitar.

En la tienda grande del pueblo, >La Mercantíl<, están dando los “crismes”: una bolsita mediana con cacahuates y dulces, y una naranja. El bolerito decide ir, quizá tenga suerte y se hace de una de esas bolsitas aunque sabe que es algo riesgoso porque la gente es muy desordenada: se amontonan todos en la puerta, y se empujan, y gritan, y maldicen. El bolerito se pega a la pared, y a duras penas se abre paso por entre las piernas de los grandes, soporta los empujones y los apachurrones. También tiene que soportar los malos olores de la gente: algunos se emborracharon la noche anterior y andan crudos, por no decir borrachos, y sin bañarse, y huelen a rayos. El bolerito siente ganas de mejor salirse de ahí, pero ya no puede, la misma gente no lo deja, entonces sigue empujando y logra llegar hasta la puerta en el preciso momento en que se abre y él es el primero en entrar. Su cara está bañada en lágrimas va y quizá por eso le dan dos bolsitas y sale por la otra puerta, rumbo a su casa.

Ese mismo día por la tarde, se cuelga su cajón de bolear y se dirige hacia la plaza con la esperanza de ganarse algunos pesos. Va limpio, recién bañado, y con su pelo bien peinado y embrillantinado. Los zapatos que calza son  viejos pero bien lustrados. Porta pantalón de mezclilla parchado en las rodillas por tanto jugar a las canicas, y una sudadera vieja bajo la camisa que más le gusta, la de rayas rojas, blancas y negras. Su andar es rápido, casi con prisa, sabe que pronto el día se acaba y le urge llevar dinero a la casa. En la plaza hay mucha gente, y eso le extraña porque todos están mirando hacia la iglesia.

—¿Qué está pasando? —pregunta, sin dirigirse a nadie en especial.

—Están dando los “crismes” a los niños, —contesta una voz de mujer.

A la entrada de la iglesia hay una línea más o menos larga de niños de todas las edades, algunos son tan pequeños que sus mamás están allí con ellos. El bolerito ni tardo ni perezoso, olvidándose de su trabajo va y se forma con todo y su cajón colgando del hombro, —otra bolsita de cacahuates no me cae mal, —pensó.

De repente sintió un tirón que le rompió la camisa, —¡Tú no debes de estar aquí porque nunca vienes a la doctrina! —Le dijo, casi gritando, una catequista, y lo sacó de la línea.

El bolerito cruza la calle y se sienta en la orilla de la banqueta, avergonzado y preocupado. De la iglesia sale un hombre alto y delgado vestido con una sotana negra que le cuelga hasta los pies. El cuello de la sotana es de un rojo chillante, y algo en la cabeza como para cubrir la calvicie, rojo también. El hombre se dirige directamente hacia él, su andar es lento, algunas mujeres interrumpen su paso momentáneamente para besarle la mano. El bolerito se pone de pie.    —¿Lo boleo pues? —le pregunta ingenuamente.

El hombre, sin hacer caso a la pregunta lo mira fijamente y le dice con voz autoritativa, —¿por qué no estás en la línea, acaso no quieres que te den los “crismes?”

—Allí estaba pero me sacaron de un tirón y me rompieron la camisa porque yo nunca vengo a la doctrina. Yo boleo los sábados y los domingos, —dijo el bolerito con un dejo de coraje, —ahora tengo miedo de llegar a mi casa porque mi mamá me va a pegar porque llevo la camisa rota.

El hombre de la sotana negra que le llegaba hasta los pies se dio media vuelta y se metió en la iglesia. El bolerito se sentó de nuevo en la orilla de la banqueta con la esperanza de que aquel hombre le trajera una bolsita de cacahuates. Depués de algunos minutos y con la esperanza perdida, tomó su cajón de bolear, se lo colgó al hombro y se fue para su casa con la congoja dibujada en su cara.

                                                                                                                          

 

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