La venganza de José

(Estremecedor relato basado en un hecho de la vida real)

        Hay recuerdos que quedan grabados en la mente de manera perenne. Hay recuerdos que, al recordarlos, nos hacen sonreír, otros nos provocan risa y otros, nos causan una gran tristeza. Pero hay otra categoría de recuerdos, los que, aunque hayan pasado muchos años, y al recordarlos, nos provocan ira e indignación. “La venganza de José”, es un recuerdo que cae dentro de esta última categoría.

       Fue a mediados del 1959 cuando conocí a José, un joven de unos 18 años más o menos que trabajaba como mozo de mantenimiento para una familia adinerada e influyente. La mansión donde trabajaba era grande y elegante, y rodeada de hermosos jardines que José mantenía impecables. Al fondo del gran patio había un cuarto grande acondicionado con baño y excusado, que, además de servir de bodega donde él guardaba sus herramientas de trabajo, le servía de vivienda. Era en esa vivienda donde él y yo conversábamos con frecuencia; me hablaba con animación de sus planes de casarse, de formar una familia, y de continuar estudiando en la escuela nocturna, subsididado por su patrón quien estaba dispuesto a ayudarlo a que se superara con una buena profesión.

          Grande fue mi sorpresa aquella mañana en que el ingeniero, dueño de aquella gran mansión y patrón de José, fue a buscarme a la casa donde provisionalmente vivíamos. Lo noté alarmado y preocupado, me dijo que ya hacía tres días que José no estaba en su vivienda; que ya había ido a los separos de la policía y que tampoco esta allí; que inclusive había ido a casa de unos parientes de José y que tampoco lo habían visto.

        Pasaron varios días sin que José diera señales de vida, hasta que una tarde lo vi venir por la calle, caminaba despacito y un poco encorvado. Inmediatamente sospeché que algo andaba mal, y a paso ligero fui a su encuentro, y al verme, se detuvo y se me quedó viendo con una mirada que nunca olvidaré: era una mirada agónica, como si le costara mucho esfuerzo abrir los ojos, una mirada de mucha tristeza, al menos eso fue lo que a mí me pareció; su respiración era muy agitada, y hacía gestos de dolor cada vez que respiraba. Hubo un momento en que casi se cae y me vi obligado a sostenerlo de los hombros, y así lo sostuve por un buen rato para que recobrara las energías.

       —Me las va a pagar, —decía con el rostro bañado en lágrimas, y en su voz apenas audible, había un indicio de mucho odio, de mucha rabia, y de mucho resentimiento.

        —Me las va a pagar, me las va a pagar, —repetía, y al mismo tiempo tosía con mucho dolor, y escupía saliva mezclada con sangre. —Mira cómo me dejaron, —y se decubrió la camisa para enseñarme: traía el pecho totalmente amoratado, me dijo que el policía enredaba la pistola en una toalla y lo golpeaba con saña, tanto en el pecho como en la espalda; también me dijo que traía sus testículos inflamados a causa de los toques eléctricos que le aplicaba con la famosa “chicharra”. Sosteniéndolo por los hombros y caminando despacio, lo ayudé a llegar a la casa de su patrón quien al ver las condiciones en que estaba José, de inmediato lo trasladó al hospital. Y también, días después, y haciendo uso sus influencias, logró que aquellos remedos de policías, fueran dados de baja inmediatamente.

        José estuvo en el hospital por espacio de unos tres o cuatro días, y lo que más me dolió, fue que de allí salió un José completamente diferente, el cambio fue radical: de ser un joven extrovertido, comunicativo, platicador y que iba por la vida siempre sonriendo y animoso, pasó a ser un joven taciturno, silencioso y callado. Las conversaciones entre él y yo, desaparecieron casi por completo; ya no sonreía; ya casi no hablaba, ni siquiera con su patrón, y se la pasaba ensimismado y encerrado en sus pensamientos.

            De manera que lo que le pasó a José, no solamente lo afectó a él sino a mí también y a toda la familia para la trabajaba. De vez en cuando intercambiábamos un saludo, pero de lejos, gesticulando con las manos. José se encerraba en su habitación después del trabajo y ya no salía como solía hacerlo, y eso a mí me entristecía porque, siendo yo un joven de unos catorce años que estaba de pasada en la ciudad por el hecho de que andábamos —mi familia y yo— tratando de arreglar un pasaporte de residencia para irnos a los Estados Unidos, él era mi único amigo. De manera que una tarde, me animé a ir hasta su morada y le toqué la puerta con tres golpes suavesitos, esperé por espacio de unos cuantos segundos, José entreabrió la puerta y me vió con una mirada recelosa, —soy yo José, —y enseguida me dio el pase. Le pedí, no sin insistencia, que me relatara cómo fue que sucedieron las cosas, y como quien no quiere recordar, esto fue lo que me contó:

     —Aquel sábado… me levanté temprano y… me fuí a La Elegante a comprarme…una camisa y un pantalón…mi novia y yo íbamos a…ir al cine y… a cenar.

         —¿Tú has visto esa tienda? —Me preguntó de pronto, sacudiendo con violencia la cabeza en un esfuerzo por no llorar, —es la que está a un lado de la plaza, la que vende ropa para caballeros…

       —Antes de entrar en la tienda los vi, e inmediatamente me di cuenta que eran judiciales: siempre van por las calles creyéndose los dueños de todo el mundo, exhibiendo las pistolas descaradamente, para nada las esconden. Uno de ellos, el que me torturó, se me quedó viendo muy feo, y, claro, yo me puse nervioso, son como perros rabiosos y hay que tenerles miedo. Al salir de la tienda ya me estaban esperando, me agarraron con violencia y a empujones me metieron a un coche, y el más cruel me agarró de los cabellos y comenzó a darme cachetadas, —¡¡tú fuiste, tú fuiste!! —me gritaba muy cerca de mi cara, —¡¡dónde están la joyas que te robaste, de dónde agarraste dinero para comprar ropa nueva!!— Yo trataba de decirles quién era yo y para quién trabajaba, pero aquel perro no me dejaba, me seguía dando cachetadas. Me salía sangre de la boca y de la nariz, y así sangrando, me metieron en la cárcel acusado del robo de una joyería, y ahí me hicieron lo que tú ya sabes. Yo pensé que me iba a morir, especialmente cuando me colgaban de los pies y me zambullían en un tanque lleno de agua. Cuando me dejaron salir, me obligaron a ponerme el pantalón y la camisa nueva porque la camisa que traía estaba manchada de sangre; no hubo una disculpa, no hubo un “dispénsanos nos equivocamos”. Después me di cuenta que el que robó la joyería fue un hijo del dueño del negocio, y, claro, ni siquiera lo arrestaron.

      Nunca olvidaré aquella tarde en que José me llamó a gritos: —¡¡Ven!! ¡¡Ven pronto!!— Y hacía señales con sus brazos y manos urgiéndome a correr: —¡¡Córrele, córrele!! En su momento pensé que algo grave le estaba pasando, porque, ¿por qué tanta urgencia, por qué tanto apuro? En la pequeña mesa que le servía de comedor tenía el periódico del día doblado de manera que nada más se podía leer el titular de la noticia: EXPOLICÍA ENCONTRADO EN LAS AFUERAS DE LA CIUDAD SEMIDESNUDO, BAÑADO EN SANGRE Y DELIRANDO.

     —¡¡Fui yo!! ¡¡Fui yo!! ¡¡¿Te acuerdas que te dije que me las iba a pagar?!! —Me dijo gritando con el rostro bañado en lágrimas, ya no de dolor sino de satisfacción, y agitaba los brazos y se golpeaba el pecho con frenesí. Y de una caja de cartón que guardaba bajo su cama, sacó una pistola tipo revólver y un cable de velocímetro. Luego pasó a decirme que se lo había encontrado —al judicial— en El Parque del Monumento; que a punta de pistola lo forzó a manejar su propio coche hasta las afueras de la ciudad; que estando allá lo obligó a quitarse la ropa hasta quedar en calzoncillo, y entonces lo golpeó con el cable de manera salvaje hasta que quedó inconsciente, —pensé que se había muerto —me dijo. El policía no murió, pero quedó perturbado de sus facultades mentales: se volvió loco.

     Después de aquella inolvidable tarde José desapareció de nuevo, nunca más nadie lo volvió a ver. ¿Cruzó el río y se fue a los Estados Unidos? Quizá. ¿Lo levantó la Judicial y lo asesinaron? Quizá. Nada más quedan las conjeturas, tanto la familia para la que él trabajaba como yo, esperamos que haya reconstruído se vida y que sea o haya sido feliz. ESA FUE LA VENGANZA DE JOSÉ.

 

 

 

 

 

 

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