Agonía

 

Aquel hombre estaba postrado en una cama vieja de hospital. Estaba solo… pensando…meditando. ¿Qué más podía hacer? La enfermera había colocado en el respaldo de la cama algunas almohadas y con cierta dificultad lo ayudó a medio sentarse. De sus habilidades físicas lo única que le funcionaba era la vista y el sentido del oído. De manera que veía y escuchaba todo lo que sucedía a su alrededor.

Estando en esa posición y moviendo sus ojos hacia arriba, hacia abajo, a la derecha y a la izquierda, y por el hecho de que exactamente enfrente de la cama y en la pared, estaba colgado un espejo de regular tamaño, fue que pudo percatarse de todo lo que había a su alrededor: El cuarto estaba medio vacío. Una silla de estilo antiguo que claramente se notaba que necesitaba una mano de pintura, ocupaba uno de los rincones. Al lado derecho de la cama pudo ver un trípode de donde colgaba una bolsa de plástico con una manguerita que venía a dar hasta su mano derecha. Se dio cuenta que era suero lo que estaba entrando en su cuerpo a través de una aguja hipodérmica. Había en la pared que estaba a la cabecera de su cama algunos instrumentos que tenían foquitos rojos que se prendían y se apagaban intermitenmente. Había también en esa misma pared algo que para él, era una televisión en miniatura por la que cruzaba un línea verde que subía y bajaba como si alguien estuviera escribiendo una serie interminable de ‘u’s. El hombre se daba cuenta de todo eso; sabía que estaba en un hospital, pero no sabía por qué y eso lo llenaba de inquietud y desesperación. Quería hablar, pero de su garganta no salía ningún ruido. Quería gritar, pero no podía. De sus ojos no brotaban lágrimas pero el hombre sabía que estaba llorando desesperadamente. Quería moverse pero su cuerpo no le respondía: estaba paralizado totalmente, excepto sus ojos. Su ansiedad aumentaba a medida que pasaban los minutos. Sentía que temblaba de desesperación. Luego optó por tranquilizarse un poco y se puso a sopesar la gravedad de su situación.

En eso la puerta se abre y entran un médico y una enfermera con sendas carpetas en las manos. Calmadamente revisan los instrumentos, y con lentitud escriben en sus carpetas. La enfermera, como hablando consigo misma, dice:

—Ha sido larga la agonía de este hombre. —Y dirigiéndose al doctor, le pregunta en voz baja: —¿Como cuánto tiempo más cree usted que viva?

—No podría precisarlo, —dijo el médico también en voz baja, —hay personas cuya agonía se prolonga por muchos días, a veces meses. Conocí a una mujer cuya agonía duró más de un año, todo depende de la condición física que se tenga. El cuerpo siempre se resiste a morir.

—¿Cree usted que se recupere? —Pregunta la enfermera mirando al hombre directo a los ojos. Y el hombre también la mira con intensidad y quisiera responder la pregunta a gritos: —¡¡Sí me voy a recuperar, sí me voy a recuperar!! Pero de su garganta no sale ni siquiera un quejido. La serie de “u’s” en el aparato que cuelga en la pared se mueve vertiginosamente.

—Olvídelo, —dije el doctor mientras tomaba notas en su carpeta, —su agonía es lenta pero segura, tarde que temprano morirá. Posiblemente nos esté viendo o escuchando. El hecho de que su pulso a veces se acelere, puede ser indicación de desesperación, aunque no siempre, a todo el mundo se nos acelera el pulso de vez en cuando sin razón aparente. —Dijo ésto, y ambos salieron del cuarto.

Al quedarse solo en su cuarto de enfermo, aquel hombre decide calmarse e inicia un monólogo lleno de inquietud:

—Me estoy muriendo. Estoy en agonía. Siento que estoy temblando pero nada se mueve en mí. Ignoro qué me pasó. ¿¡¡Qué puedo hacer además de pensar, de llenarme de desesperación, de angustia y de impotencia ante lo irremediable!!? ¡Pero qué forma de terminar mis días en esta tierra! Ésto no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Ahora entiendo lo que dijo la monja poeta: “Me muero porque no me muero”. ¡¡Y mi mujer, y mis hijos, qué va ser de ellos sin mí!! Es cierto que no fui el mejor esposo ni el mejor padre, pero tampoco el peor. Los amo con toda mi alma y estoy seguro que ellos también me aman, así es como debe ser. Es cierto que formamos una familia común y corriente, nada extraordinario, pero eso sí, una familia digna. Respetamos los valores morales. Mis hijos están conscientes de que en la casa la máxima autoridad es la de los padres. Ellos mismos lo han dicho, aunque no en mi presencia, —nuestros padres son padres de a de veras—. Ya no voy a sentir ese orgullo de sentirme amado y respetado en mi casa; sin embargo, deseo desde lo más profundo de mi alma, que les vaya de lo mejor después de que yo les falte. Siempre pensé que algún día tenía que morir, ¡¡pero no de esta manera, caramba!! Se me antoja cruel morir así, dándome cuenta de todo lo que está pasando alrededor de esta triste cama. Cuántas cosas ya no voy a poder hacer, como irme a la cama pensando en ese odiado despertador; raspar el hielo del parabrisas en invierno; cortar el césped; limpiar el patio; tirar la basura, etc., etc. Y tantas otras cosas que realmente no me gusta hacer pero que las hago de cualquier manera. Nimiedades, si se quiere, pero qué importantes en estos escasos momentos de mi vida. Ya no voy a ver salir el sol todas las mañanas cuando voy al trabajo. Me encanta ver la luna llena desde el porche en compañía de mi amada esposa. Es maravilloso contemplar las estrellas cuando la noche es realmente oscura, siempre buscando un cometa, o una estrella errante. Ya no voy a disfrutar de las sabrosas comidas que prepara mi esposa; de la alegre compañía de los familiares y amigos; de las ocho horas diarias de trabajo; de la tranquilidad que se siente al sentarse al frente al televisor para ver las noticias, o una buena película, o un buen partido, o una buena pelea de box. Y si no hay nada bueno en la televisión, como suele suceder muchas veces, gozar de la lectura de un buen libro. Me es realmente imposible resignarme a morir de esta manera porque todavía tengo muchas cosas por hacer. Una de esas cosas, y a mi parecer, la más importante, es ayudar a mis hijos a salir adelante. ¿Qué van a hacer sin mi apoyo? Claro que pueden triunfar sin mi ayuda, pero les será más difícil. ¡Cómo me duele no poder ayudarlos más! Y mi mujer, ¿qué va a hacer sin mí? Caray, ¡qué desesperación! ¡Qué duro es estar en esta situación! ¡Siento que estoy temblando pero mi cuerpo no se mueve! ¡¡Es horrible, nunca imaginé que me fuera a pasar algo así!! ¡¡Qué desesperación!! ¡¡Lloro sin lágrimas!! ¡¡Grito con toda mis fuerzas pero no me escucho!! ¡¡Auxilio por favor, ayúdenme por favoooooor!!”

Aquel viernes por la noche, feliz de que al día siguiente no trabajaba, se fue a la cama con la intención de dormir hasta tarde, y de soñar además. Colocó la almohada parada a lo largo de tal manera que al descansar su cuello, ésta le enredaba casi por completo su cabeza. Sabía que colocando la almohada de esa manera iba a soñar porque por ahí había leído que cuando la persona sueña, es cuando más profundamente duerme. Lo que le molestaba un poco era no poder seleccionr los sueños. Despertó ya tarde, temblando y bañado en lágrimas y en ese momento se prometió a sí mismo no volver a colocar la almohada de esa manera. Saltó de la cama y corrió a la cocina donde estaba su esposa preparando un sabroso almuerzo y la abrazó tierna y amorosamente.

 

 

 

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