Las bolas de lumbre

Cuento 3 y último sobre brujas y brujerías.

Melquíades, Beto, Calixto y don Chon, estaban en esta ocasión reunidos en el patio de este último —don Chon—.

—A ver Calistro, —dijo don Chon, —cuéntanos una de las tantas mentiras que echas durante el día, pero que tenga chiste, ¿me entiendes?  Don Chon era policía y estaba acostumbrado a dar órdenes, de manera que su modo hablar era golpeado y enérgico.

Al chamaco que le gustaba oir las conversaciones de los adultos, le parecía que aquellos cuatro entrañables amigos tenían problemas para pronunciar la ‘x’ de Calixto, y por eso le llamaban “Calistro”.

—Ji ji ji ji ji ji, —se rió Calixto por un buen rato con su peculiar forma de reír.

—Pareces gallina con hipo, —dijo Melquíades.

—Ándale Calistro, ¿pos qué no estás oyendo la ordenanza del general don Chon? —Le dijo Beto.

—Ji ji ji ji ji, —se reía Calixto como si tuviera un ataque de risa. Siempre reía con la boca medio cerrada porque no le gustaba que le vieran los dientes, dientes de un color café oscuro a causa del tabaco corriente de los cigarrillos de marca “Faros”; aunque el doctor le había dicho que no era exactamente eso, sino que era el agua de la noria porque trae muchos minerales

Calixto era de una estatura más bien baja, no muy chaparrito, pero tampoco muy alto, flaco, y esbelto, —puro nervio, nada de músculo—, decía Beto. Su esposa Minga decía que Calixto era de mala clase porque por más que comía, nunca engordaba. Al verlo caminar por la calle, cualquiera podría decir que le gustaba lucir su esbeltez porque siempre caminaba muy derechito, —no encorvado—. Tal pareciera como si caminara de canto, —de lado—, porque echaba la cabeza hacia atrás y un poco hacia el lado derecho. Beto bromeando le decía que caminando de esa manera nunca se iba a encontrar algo que estuviera tirado en el suelo y que además, cualquier día se iba a tropezar y se iba a caer de pura trompa. Calixto no respondía, no decía nada, nomás se le quedaba viendo con aquella mirada tan especial que tenía, era bizco. Es posible que su defecto visual le acomplejara un poco. Al menos eso le parecía al chamaco porque con frecuencia Calixto hacía alarde de su extraordinaria habilidad para bailar polcas y chotises: Los bailaba “de punta y tacón”  según la opinión de las gentes. La intención era evidente: —Estaré bizco, —decía, —pero a bailar nadie me gana. Y era cierto.

El chamaco en esta ocasión se colocó al lado de Beto, —su papá—, con la esperanza de que no lo mandaran a dormir. Seguramente era su noche de suerte, porque nadie lo notó, no obstante que ahí estaba su mamá, pues era ella la que no le permitía escuchar aquellas interesantes anécdotas. Estaban también Paz, la esposa de don Chon, y Minga, la esposa de Calixto. Como digo, en esta ocasión estaban reunidos en la casa de Chon y Paz. La casa consistía de una sola habitación: sala, cocina, y recámara, todo en un solo cuarto. Aquella habitación estaba situada en una de las esquinas de un terreno de 25 metros por 50 que estaba cercado con una barda de adobe de más o menos un metro y medio de altura que colindaba con el terreno de Beto, el cual era menos de la mitad más pequeño.

—¡No me van a creer lo que les voy a contar! —dijo Calixto muy animado, —¡de veras, es cierto! Y se quedó callado con la vista fija hacia ninguna parte, como rebuscando en su muy limitado lenguaje las palabras que mejor le ayudaran a bien decir lo que pensaba.

Melquíades se desesperó un poco y dijo: —en lo que piensas, bien voy al excusado a hacer mi necesidad menos imperiosa, no me tardo nada, —y se fue casi corriendo. Eso le dio a Calixto bastante margen para poner en orden sus pensamientos. Cuando Melquíades regresó ya sintiéndose más cómodo, Calixto continuó con su relato:

—Cuando yo era chamaco, vivíamos en el ejido de Escobillas. A lo mejor alguno de ustedes conoce Escobillas, es un pueblito muy chiquito, son unas cuantas casas. Yo creo que había uno tres mil o cuatro mil habitantes, eso pienso yo. Nosotros vivíamos muy a gusto, mi mamá, mi papá, mi hermano Miguel, y mi hermana Tacha, Anastasia se llamaba nomás que le decíamos Tacha; —pobrecita, Dios la tenga en su gloria— Teníamos una laborcita de regular tamaño, un tronco de mulas para trabajar la tierra, y también un buen atajo de chivas. La laborcita era de temporal y había años que levantábamos buenas cosechas, y otros, pos casi no levantábamos nada, todo dependía de si llovía o no, ustedes saben cómo es eso.   La casa donde vivíamos…

Calixto se queda callado por unos segundos y suspira profundamente; como que los recuerdos se le amontonan; como que va a llorar. Todos lo miran fijamente, incluyendo el chamaco, pero nadie dice nada porque respetan su dolor. Calixto continúa su relato haciendo pausas más o menos largas con voz entrecortada, pero pronto se controla, no sin esfuerzo.

—La casita…donde…vivíamos, estaba… arriba de una loma no muy alta al lado norte del pueblito. Desde ahí se podían ver todas las casas del pueblo, y también el desierto que era atravesado por el camino real hasta perderse allá entre las demás lomas. El frente de la casita estaba hacia donde el sol sale, así la hizo mi papá seguramente pensando en que por las tardes, después de la cena, se podía salir y sentarse ahí bajo la enramada para ver quién entraba y quién salía de Escobillas. Mi papá tenía muy buena vista.

—No como yo —interfiere Beto aludiendo al defecto de los ojos de Calixto y seguramente para aliviar la tención del momento, y lo logró porque todos rieron de buena gana inclusive Calixto con su ji ji ji.

—Bueno, como les estaba diciendo antes de que se atravesara éste. Mi papá tenía muy buena vista; porque, no crean que la casa estaba cerquitas del camino, no, siempre estaba lejecitos, pero él podía distinguir los que iban y venían: —allá viene fulano, -—decía, —y más atrás viene zutano y se van a encontrar con mengano y perengano, y si se trataba de alguien que no conocía, que no era del pueblo, nomás decía quien sabe quien vendrá. Yo creo que los conocía no porque les miraba las caras, sino por el modo de andar, mi viejo…era… muy… observador…

Calixto detiene su relato y fija su mirada en el piso, y con el dorso de la mano, se limpia una lágrima rebelde que chorrea por su curtida mejilla. La pausa se prolonga más de lo acostumbrado, pero nadie lo apura. En esos casos, el chamaco piensa que se debe respetar el dolor ajeno. Eso se lo enseñó su padre. Calixto se reacomoda en la silla, suspira profundamente, y continúa:

—Una noche estábamos toda la familia bajo la enramada y de repente vino una lechuza muy grande y se paró arriba de la casa. Todos nos asustamos mucho, menos mi papá, él era muy valiente. Lo que hizo fue que agarró un palo largo y comenzó a echarle muchas maldiciones a la lechuza y al mismo tiempo trataba de pegarle con el palo pero la lechuza brincaba de una orilla de la casa a la otra y mi papá la correteaba sin dejar de echar maldiciones. La lechuza hacía unos ruidos muy feos que parecían carcajadas de mujer. Mi papá le gritaba a mi mamá que le buscara un cordón grueso y que lo mojara con petróleo. Mi mamá corrió a la cocina y agarró un cordón de esos con que amarran los costales y lo empapó de petróleo ahí mismo en la estufa, —porque teníamos estufa de petróleo, no de leña—. Al fin mi papá pudo darle un garrotazo a la lechuza y ahí cayó redondita a sus pies. Yo creí que no estaba muerta porque pataleaba mucho, nomás que mi papá la tenía pisada del pescuezo hasta que vino mi mamá con el cordón, y entonces mi papá la amarró, —a la lechuza no vayan a creer que a mi mamá—. La amarró de las dos patas, y luego amarró el cordón de un árbol que estaba ahí en el patio, y ahí la dejó. —Mañana la mato, —dijo, —la voy a quemar con leña verde. Mi papá, ya más tranquilo, se sentó otra vez con nosotros pero estaba muy enojado y no dejaba de echar maldiciones a las brujas, decía que seguramente alguien nos quería embrujar, pero que con él no iban a poder. Yo aproveché para preguntarle sobre el cordón mojado con petróleo y me dijo:

—Mira Calistro, cuando tú agarres una lechuza, amárrala inmediatamente, pero tiene que ser con un cordón empapado de petróleo, así como lo acabo de hacer, porque si no, se te va. Y al día siguiente, te levantas muy tempranito y la quemas con leña verde de mezquite, y te apuesto lo quieras que a los cuantos días, se muere la bruja.

—¡¡¡Míralas, allá andan!!! —Gritó mi papá con todas sus fuerzas. Todos volteamos hacia el camino real y vimos unas bolas de lumbre que corrían de una loma a otra, atravesaban el camino brincando y saltando una tras de otra. A mi se me quitó el miedo y me dio mucha rabia igual que a mi papá, y entonces también comencé a echar muchas maldiciones porque mi papá nos había dicho que era la mejor manera de evitar que nos embrujaran. Luego agarré el mismo palo que usó mi papá para tumbar la lechuza y salí corriendo para donde andaban las lumbres. Mi mamá me gritaba que me detuviera, que no fuera, que mejor dejara a mi papá, pero yo no le hice caso y seguí corriendo como alma que lleva el diablo gritando todas las maldiciones que sabía. Siempre corrí buen rato, hasta que llegué cerca de donde andaban las bolas de lumbre y parece que me sintieron porque de repente se quedaron quietas, y entonces comenzaron a correr otra vez porque oyeron todas las maldiciones que yo iba diciendo y yo tras de ellas, pero por más que corría no las podía alcanzar. De repente se pararon, y entonces me paré yo también, y luego se me dejaron venir, y entonces la cosa fue al revés, ellas me venían correteando y entonces me entró mucho miedo, pero luego se pararon y yo me paré también. Agarré valor y me arranqué a corretearlas otra vez por un buen rato, pero luego se pararon y se regresaron a corretearme, y venían gritando muy feo y echando maldiciones también. Yo ya andaba muy cansado de tanto correr y pensé mejor irme para la casa, no fuera que me alcanzaran; y si no me mataban, cuando menos me iban a quemar. No me corretearon mucho, yo creo que también ellas andaban cansadas, porque se devolvieron y noté que se iban moviendo despacio. Llegué a la casa muy asustado y respirando mucho, casi no podía ni hablar. Mi mamá me sentó en un banco y me dio agua de la tinaja que teníamos ahí afuera. Poco a poco me fui calmando. Mi mamá estaba sentada junto a mí, y me tenía abrazado… era muy linda ella… todavía la lloro.

—Al día siguiente, mi papá se levantó muy tempranito, y me levantó a mí también. Le mochó la cabeza a la lechuza con ‘l’acha, juntamos unos ramas de mezquite gruesas, y la quemamos. Ji Ji Ji, como a los ocho días se murió doña Naborcita, una viejita muy buena, que nada tenía de bruja.

—¡¡Qué les dije!! —Dijo mi papá.

—Pero el cuento no termina aquí, —continuó, —porque lo que pasó después, todavía me da rabia cuando me acuerdo. Resulta que algunos días después de lo de las bolas de lumbre, mi mamá me mandó a comprar algunas cosas que necesitaba para la comida a la tienda de don Bocho. Nomás entré en la tienda, y don Bocho se soltó riendo:

—¿Qué pasó Calistro, te llevaste buen susto persiguiendo las bolas de lumbre? Yo no supe qué responder, nomás me quedé con la boca abierta, porque, cómo supo él que anduve persiguiendo aquellas malditas lumbres. Pero en ese momento comencé a sospechar que don Bocho tenía algo que ver con lo que me pasó. Don Bocho era un hombre muy alegre, muy amigable, y muy dado a hacer bromas. Todo el pueblo de Escobillas lo quería mucho. Entonces me llevó atrás de la tienda a un cuarto que le servía de bodega, y ahí me enseñó cinco palos así como de mangos de escobas con las puntas enredadas de garras viejas que estaban quemadas. Todavía apestaban a petróleo. Don Bocho me dijo que esas eran las brujas que yo anduve persiguiendo aquella noche. Me dijo también que todo había sido una travesura preparada por él y algunos muchachos del pueblo.

—¿Y para qué hizo eso don Bocho, —ahora todos se van a burlar de mí.

—Bueno, —dijo don Bocho, —yo cómo iba a saber que a ti te gusta perseguir las bolas de lumbre. —Y se reía con muchas ganas—. —Pero no te sientas mal Calistro; mira, todo eso que pasó esa noche, va a servir para que todo el montón de ignorantes que hay en este pueblo, se den cuenta de que eso de las lechuzas y la bolas de lumbre, es pura mentira; porque, ¿cómo vas a creer tu Calistro, que una mujer que se dice ser bruja, se pueda convertir en lechuza o en bola de lumbre? ¡Imposible!

—Desde entonces dejé de creer en eso de las brujas, no obstante que estoy casado con una.

—Repunoso, —dijo Minga

Después de reír y hacer bromas a costa de Calixto, los cuatro amigos deciden dar por terminada la reunión. Se despiden no sin antes advertir a Chon que le toca contar algo en la próxima.

Don Chon con voz lenta y ronca, dijo: —Yo… no… puedo contar nada.

—¿¡Por qué!? —Preguntó Calixto, fingiendo disgusto.

—Pos porque estoy embrujao, —dijo con mucha seriedad.

Todos le celebraron el chiste. Don Chon era un hombre muy introvertido; además, su lenguaje era demasiado limitado.

—Me da vergüenza platicar porque no sé cómo decir las cosas, —dijo, y se metió en su casita.

 

Nota del autor: Con este cuento finalizo la serie de tres sobre las brujas: “El Resucitado”, “Estás Cruzado”, y “Las Bolas de Lumbre”, así en ese orden.

 

 

 

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