Chacal

(El chacal muerde la mano del que lo alimenta)

Seferino había construído su jacal a orillas del pueblo unos cuantos meses antes de casarse. —Era su convicción de que el hombre, antes de casarse, debe tener una casa donde vivir con su esposa—. El terreno colindaba al sur con el inmenso desierto y al norte con el Río Bravo.

Seferino construyó su jacal de ocotillo y cubrió muy bien las paredes por dentro y por fuera con lodo mezclado con toda clase de jarillas. El jacal era lo suficientemente amplio como para albergar la cocina y la recámara; una división también de ocotillo, dividía las dos piezas. Horcones y vigas más o menos derechas y muy macizas, sostenían el techo. A un lado y utilizando una de las paredes de la vivienda, Seferino construyó una especie de bodega donde guardaba sus enseres de trabajo, y al frente, la imprescindible enramada.

Bajo la enramada y a un lado de la puerta, descansaba un tanque de doscientos litros que la esposa de Seferino, con algo de sacrificio, mantenía lleno de agua traída del río que, aunque no estaba muy lejos, tampoco estaba tan cerca. Junto al tanque, en una silla sin respaldo, descansaba una gran tinaja de barro cubierta de cotense que la señora mantenía húmedo en un esfuerzo de mantener el agua fresca durante los ardientes veranos, y durante los crudos inviernos, había que meter la tinaja dentro de la vivienda.

Bajo esas humildes circunstancias, con muchas privaciones pero tranquilamente, vivían Seferino y su esposa. Ahora, después de algunos años, con cuatro de familia: dos hijos y dos hijas, siendo la mayor de las hijas de unos once o doce años.

Seferino se ocupaba en la producción de cera de candelilla, que dicho sea de paso, era un trabajo rudo y agotador. —La candelilla es una planta que se da en los desiertos del norte de México, de ramas carnosas que, al ser hervida en grandes contenedores, suelta una especie de cera de olor muy fuerte—.

El calor era casi insoportable aquella tarde de agosto en que Seferino había llegado temprano del campamento de candelilla porque era viernes; además, había tenido la suerte de encontrarse con un venado de unas ocho puntas; y más suerte todavía, de haberle dado caza con su rifle calibre 22 de aquellos de un solo tiro. El trabajo de desollar el animal no significó ningún problema: ya para las seis de la tarde, los tasajos de carne colgaban de los hilos que para ese propósito tenía. Pensó que había que tomarse un respiro, sacó una silla de la cocina, colgó su viejo sombrero de palma y se sentó a la sombra de la enramada. Uno de sus hijos con toda solicitud tomó el guaje y se lo ofreció lleno de fresca agua de la tinaja. Un suspiro profundo se le escapa al mismo tiempo que se limpia el sudor de la cara con su gran pañuelo rojo que siempre llevaba enredado al cuello. En un momento dado sus ojos se quedan fijos, su mirada, a travez de la reverberación del desierto, había tropezado en punto obscuro apenas visible.

—Mmm, alguien viene, —dijo empequeñeciendo los ojos en un esfuerzo para ver mejor.

La señora dejó por un momento el sabroso guiso de carne con chile que está preparando, y salió para ver quién venía.

—¿No será un burro, viejo? —dijo la mujer también haciendo lo ojos chiquitos.

—No, —replicó Seferino, —los burros no se adentran por sí solos en el desierto, es un hombre, y viene mal, voy a encontrarlo. Instintivamente tomó su cantimplora, se la colgó al hombro y a paso ligero se dirigió al encuentro de aquel hombre. Acaso fue al encuentro de su propio destino.

Aquel hombre de ropas sucias, raídas y malolientes, de mirada torva, de cabello hirsuto y estropajoso que le cubría las orejas y que le daba un aspecto horrible y repugnante, estaba a punto de desfallecer. Seferino sintió un escalofrío cuando lo encontró y por un momento pensó en huir, en apartarse de aquel ente que parecía salido de los mismos infiernos. Pero la nobleza de la gente humilde, de la gente que está acostumbrada al sufrimiento y a las privaciones, pudo más que el sentimiento de repugnancia que aquel hombre le inspiraba. Lo tomó, y con un brazo sobre su cuello y arrastrándolo por momentos, lo llevó hasta su vivienda. El torvo sujeto al ver el tanque del agua se abalanzó con violencia emitiendo gemidos de desesperación. Seferino lo contuvo a viva fuerza y lo sentó en la silla, hablándole con amabilidad:

—Tranquilo, tranquilo, cálmese, y con el guaje le dio a beber un poco de agua; -—tómesela despacio, —le decía.

La señora le trajo una taza de café bien cargado.

—Está caliente, no se vaya a quemar, —le dijo con una voz que evidenciaba temor, y rápido se volvió a la cocina, nerviosa e intranquila.

El hombre, quizá por su instinto de conservación, hacía caso a las indicaciones que le daban. Su mirada era desparramada, como si estuviera a punto de desmayarse. La cafeína pronto hizo su efecto. Por un buen rato cerró los ojos, como si se hubiera quedado dormido, pero luego los abrió.

—Dame más agua, —exigió.

Uno de los niños le llevó el guaje lleno. El hombre fijó sus ojos en el niño con mirada despreciativa, le arrebató el recipiente y se lo tomó a grandes sorbos, chorreándole el agua por la mandíbula.

—Estoy muy cansado, necesito un lugar para dormir, —dijo desdeñosamente y con arrogancia.

Seferino le hizo un lugar en el tejado y aquel remedo de ser humano se quedó dormido casi inmediatamente roncando ruidosamente.

—Parece marrano, —dijo uno de los niños.

—No diga eso m’ijo, el hombre es muy feo, pero es un ser humano y es nuestro deber ayudarlo.

La familia se reunió alrededor de la mesa para cenar, intranquilos, con aprensión.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo la señora, —tengo mucho miedo.

—Cálmate mujer, —dijo Seferino, —yo también estoy preocupado, no me gusta la actitud del hombre, tendré que estar alerta.

El hombre después de dormir unas horas, se levantó ya entrada la noche. Los niños ya estaban en la cama. Seferino y la señora estaban afuera, bajo la enramada, conversando a media voz sobre los acontecimientos.

—Tengo hambre, necesito algo de comer, —demandó el hombre sin pizca de humildad.

Seferino le dijo a la esposa que se fuera a reunir con los hijos.

—Le traeré… un plato y unas… tortillas. —dijo Seferino pausadamente y evidenciando en su mirada enérgica el repudio que aquel ente le causaba.

—¡Quiero comer en la mesa! —dijo el hombre con altanería.

—Los niños ya están durmiendo, —dijo Seferino con firmeza, —tendrá que comer aquí afuera, su entrada en la casa está prohibida.

El hombre vociferó algunas maldiciones. Claramente se notaba que aquel andrajoso no estaba acostumbrado a que le pusieran límites. Comió con deparpajo haciendo ruido con las mandíbulas al masticar apuradamente. Se enjuagó la boca de manera asquerosa escupiendo el agua sin mirar a dónde, y eructó varias veces ruidosamente.

—Voy al excusado, —dijo, —ya te puedes acostar si quieres, supongo que voy a dormir ahí donde mismo, como perro, —dijo con coraje, con ira.

Seferino no se fue a dormir, lo esperó hasta que regresó del excusado.

—Siéntese, —le dijo, —necesitamos platicar, quién es usted, de dónde viene, para dónde va, a lo mejor le puedo ayudar más efectivamente.

—No me gusta que me investiguen, —dijo el hombre con enojo, —a nadie le importa quién soy, ni de dónde vengo, ni cómo me llamo, lo único que te puedo decir es que voy pa’l otro lado a trabajar. Vete a dormir, no quiero platicar. —Tuteando a Seferino de manera irrespetuosa.

Seguramente aquel andrajoso arrastraba una larga cadena de crímenes. Pero cómo saberlo, cómo imaginarlo siquiera; por otro lado, ¿cómo es que se puede ser tan ingenuo, tan sin malicia? ¿Cómo es que Seferino no se dio cuenta del peligro en que estaba tanto él como su familia? ¡Oh, nobleza de la raza! ¡Oh, bondad sin límites! Haz el bien sin mirar a quien. Pero en este caso la actitud de Seferino resulta incomprensible.

—¡¡Qué pasa con ese… chamaco, no me dejó dormir en toda la noche!! —dijo por la mañana gritando y con prepotencia.

El niño de apenas un añito había estado llorando durante la noche…pues…como lloran todos los niños.

—¡Dile a tu vieja, —dijo el hombre de manera por demás irrespetuosa, —que me dé algo de almorzar y que me ponga unos tacos en una bolsa, ahora mismo me voy pa’l otro lado!

—¡¡Mira!! —Replicó Seferino con voz fuerte y ahora tuteándolo también, —¡¡desde que llegaste no has hecho otra cosa más que faltarnos al respeto, no tengo por qué seguir aguantando tus insultos, te me largas ahorita mismo, y no vuelvas más!!

El torvo sujeto se alejó profiriendo cualquier cantidad de maldiciones y amenazas.

—¡¡Voy a volver y te mataré a ti y a toda tu familia!! —dijo gritando con rabia.

De paso se robó un pantalón y una camisa que estaban colgadas en el tendedero. Su mirada era salvaje y babeaba horriblemente como perro con rabia.

—Está ‘enyerbado’ —dijo la señora, —tengo mucho miedo viejo, deberíamos avisarle al comisario, no sea que cumpla sus amenazas y vuelva y nos haga daño.

—No, no creo que vuelva, no te preocupes, pero tienes razón, debo advertir al comisario de la presencia de este sujeto.

El comisario nombró una comisión para que lo buscaran por la orilla del río pero no lo encontraron, era como si se lo hubiera tragado la tierra.

—No te preocupes, —le dijo el comisario, —el hombre ya se fue, no creo que vuelva, de cualquier manera vamos a estar al pendiente.

Pero aquel remedo de hombre no se fue, cruzó el río y se escondió entre la maleza. El criminal ya tenía su infame plan: regresar por la noche, masacrar la familia, robar el dinero que tuvieran y entonces sí, huir hacia el lado americano.

El pueblito entero se estremeció aquella mañana que se descubrió el horrendo crimen. La escena en aquella humilde vivienda era espantosa y dantesca. Las paredes de la humilde vivienda quedaron cubiertas de sangre. El cadaver de Seferino quedó en el piso de la cocina con el cráneo deshecho. La señora y su hijo más pequeño quedaron en la cama bañados en su propia sangre. Los otros niños en la otra cama murieron también asesinados de la manera más infame, excepto la niña mayor que aun estando aterrorizada, tuvo la lucidez de esconderse bajo las faldas de la mesita que sostenía la imagen de la virgen de Guadalupe. Los trastos de la cocina quedaron regados por el piso al igual que toda la ropa de la familia. El hacha con que los masacró quedó afuera junto a la tinaja. El guaje también estaba manchado de sangre.

—El muy cobarde todavía tuvo la desfachatez de tomar agua antes de huir, —dijo el comisario.

El criminal cruzó el río hacia el lado americano a eso de las cuatro y media de la mañana de aquel domingo de Agosto. Serían las tres o cuatro de la tarde cuando un ranchero americano lo encontró sentado a la sombra de un mezquite junto a la cerca de su propio rancho.

—¿Buscar trabajo hombre? —le dijo con su limitado español, —yo tener trabajo para usted, esperar aquí, yo traer ropa limpia.

El americano al verlo con aquellas ropas manchas de un color café oscuro, se dio cuenta que eran de sangre seca.

—No moverse de aquí, I’ll be back, pretty pronto. —Y se fue directo a dar parte a las autoridades.

Para esas horas ya el Sheriff estaba enterado del caso e inmediatamente se hizo acompañar de varios de sus agentes. El asesino no ofreció ninguna resistencia al ser arrestado. Esa misma tarde fue entregado a las autoridades mexicanas en la cabecera del municipio. Por lo pronto fue puesto en la cárcel municipal, pero la noticia corrió como reguero de pólvora, y entonces la gente se amontonaba enfrente del edificio municipal amenazando con sacarlo a viva fuerza para lincharlo.

—¡¡Es un chacal!! ¡¡Suelten al chacal!! ¡¡Merece morir!! —gritaba la turba enardecida.

El juez encargado del caso se vio obligado a pedir la ayuda de las autoridaes militares. El infame asesino fue trasladado al cuartel militar y de ahí era llevado todos los días al juzgado, siempre rodeado de soldados. Pero la presión de los ciudadanos que clamaban venganza era cada vez más fuerte, y fue entonces cuando los oficiales civiles y militares se pusieron de acuerdo en permitir el linchamiento para evitar un mayor derramamiento de sangre. La fecha del linchamiento no viene al caso. Serían las nueve o diez de la mañana de aquel día cuando el torvo asesino fue sacado del cuartel rodeado de soldados y ahí, enfrente de la plaza, los militares dieron media vuelta y lo dejaron solo. Entonces el “chacal” sintió el terror en toda su magnitud. Los pelos se le paraban de punta y aullaba como endemoniado al ser atacado por la turba. Los parientes de la familia masacrada eran los que con más fiereza golpeaban con piedras, palos, y navajas. El dantesco espectáculo no duró ni siquiera media hora. El cuerpo de aquel hombre de ropas sucias, raídas y malolientes, de cabello hirsuto y que seguramente arrastraba una larga cadena invisible de crímenes, quedó en mitad de la calle bañado en su propia sangre. Fue sepultado en la tumba común, sin nombre, sin cruz, y sin nada.

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