Máscara

…El carnaval del mundo engaña tanto,

que las vidas son breves mascaradas;

aquí aprendemos a reír con llanto

y también a llorar con carcajadas.

(Juan de Dios Peza)

     —Cuando llego a mi alcoba me la quito, —me dijo aquella tarde novembrina que lo visité por única vez. Estaba sentado afuera del cuartucho que le servía de vivienda aprovechando los últimos tibios rayos del sol antes de ocultarse. En el poco tiempo que tenía de conocerlo, nunca le había visto la sonrisa que esa tarde se le dibujaba en sus labios, era una sonrisa más bien triste. Había en sus ojos un brillo que tampoco le había visto; por un momento me pareció que, o, había estado llorando, o estaba a punto de llorar.

     —Perdóname si soy inoportuno, —le dije.

Tan solo con su mirada me dijo que era bien recibido y pude sentir que mi visita le era agradable. La silla de mimbre en la que estaba sentado rechinaba en cada movimiento que hacía. Un oloroso vaporcito emergía de la taza de peltre descarapelada que sotenía en su mano derecha. Su alcoba —como le llamaba él—, estaba situada a las orillas del pueblo… pueblo pequeño, de unos cuantos miles de habitantes quizá. La agricultura era el modus vivendi de la gran mayoría de ellos. Unos cuantos, como era el caso de Arturo y yo, trabajábamos en el único despepitador de la región, el “Gin” como le llamábamos todos. El hecho de que todas las cosechas de algodón que se levantaban en las comunidades circunvecinas fueran a parar a ese único Gin, hacía que tuvieramos trabajo todo el año.

     Arturo no era originario del pueblo y nunca dijo de dónde era. Simplemente había llegado hacía cinco años, compró aquel terrenito con el cuartito de adobe ya edificado, lo arregló un poco y se estableció. Su carácter afable, su sonrisa a flor de labios y su facilidad para entablar converasación, hicieron que pronto consiguiera empleo. No era amigo de parrandas, ni borracheras, ni fiestas, ni nada por el estilo, quizá era por eso que muy pocos lo visitaban. En el trabajo todo era risa con él, siempre tenía a la mano el chiste oportuno, o la frase punzante o chusca para hacer reír a los demás, y como consecuencia de eso, los días de trabajo se hacían más llevaderos. Daba gusto verlo llegar al trabajo con paso firme, caminando derechito no obstante que ya estaba entrado en años. Su ánimo y determinación de trabajar se contagiaba. Con frecuencia se le oía cantar mientras trabajaba, así… a media voz… —¡suelta la voz Arturo!—, le gritaban, pero él decía que era muy desentonado, que no sabía cantar. Los jefes de la planta estaban muy contentos con él porque además de ser un buen trabajador, con su forma de ser, levantaba el ánimo de los compañeros de trabajo y eso hacía que la empresa tuviera empleados contentos, y claro, la producción de un negocio con empleados contentos es superior y de mejor calidad. Su altruismo hacía que todos lo tuviéramos en gran estima. Siempre estaba dispuesto a ayudar al compañero que caía en desgracia. Las meseras del restaurante al que era asiduo, lo atendían con mucha solicitud, pues dejaba buenas propinas. El sabía que esa clase de empleos no son muy bien remunerados. Aun al cocinero le mandaba su propina.

     —Siéntate, —me dijo, señalándome un banquito de madera que estaba al lado de la puerta, y en seguida se metió al cuarto y desde adentro y casi gritando, me preguntó que si qué tanta azucar le ponía al café. Yo le dije que con media cucharita era suficiente. El aroma que surgía de aquel jarrito de barro era increíblemente agradable. Después de intercambiar algunas frases sin importancia me invitó a pasar adentro, pues el frío comenzaba a calar un poco.

     La habitación, no obstante ser tan modesta, brillaba de limpia. Un aroma a petróleo mezclado con olor a café recién hecho golpeó mi nariz de manera no muy desagradable. Las vigas del techo estaban al descubierto, muy bien pintadas de blanco, posiblemente con cal. De una roseta clavada en la viga central, colgaba el único foco que alumbraba la habitación. Las paredes estaban muy bien enmezcladas y encaladas pero sin cuadros de ninguna clase. Un rincón con un palo de escoba atravezado donde colgaba sus camisas y pantalones muy bien planchados, servía de ropero. Bajo la única ventana que tenía el cuartito estaba un camastro plegadizo de esos de campaña; el colchón aunque no era muy grueso, parecía cómodo. Las sábanas y la cubrecama estaban muy limpias. Era evidente que Arturo era una persona muy ordenada. Una mesa pequeña muy rústica pero muy limpia con dos sillas, ocupaban el centro de la habitación. La estufa era de petróleo de un solo quemador, y al lado de ésta, colgaban dos cajones hechos de madera muy ligera y muy bien cubiertos con papel de color blanco que le servían de trastero. Mi observación de cada detalle quería ser muy discreta, y de hecho lo era, pero la posición de aquellos cajones me llamó la atención de manera especial: ¿Cómo se sotenían en la pared? Arturo, inteligentemente notó mi desconcierto y contestó la pregunta que no hice:

     —Torniquetes que atraviesan la pared en las esquinas superiores de cada cajón, los mantienen pegados a la pared, —me dijo.

     La cantidad de trastos era muy limitada: dos platos y una taza de peltre, un jarrito de barro, unas cuantas cucharas, dos cuchillos de mesa y uno de cortar carne, una sartén mediano de esos pesados y la cafetera. A la cabecera de la cama estaba una mesita donde descansaba un tocadiscos muy sencillo, éste, estaba conectado al único toma-corriente que había en el cuarto. Arturo sacó de debajo de la cama una caja que contenía algunos discos de larga duración de música clásica y popular. Me dijo que dormía muy a gusto, arrullado con la clásica. Una cortina de tela gruesa color verde cubría la ventana. A un lado de la puerta había un macetero de metal que se apreciaba muy macizo donde encajaba perfectamente una tinaja de barro cubierta con cotense. A un lado del macetero y en una silla sin respaldo, estaba el lavamanos. Evidentemente Arturo leyó mi pensamiento porque me dijo que se proveía de agua de una llave que estaba en la parte de atrás de la habitación junto a un arbolito. El servicio sanitario estaba afuera, algo retirado de la casita, era de madera muy bien hecho.

     Por algunos minutos la conversación versó sobre cosas baladíes, como eso de que ya se acerca el invierno; de que ya vamos a tener que sacar las cobijas gruesas y las chaquetas; de que cuando el clima está frío, el cafecito sabe más sabroso etc. Etc.

     —Hablando de cosas serias, —le pregunté más o menos en forma de broma, —¿qué es eso que te quitas cuando llegas aquí? Se quedó serio por unos segundos, como dándole vueltas al asunto, y me dijo con la mirada fija en ninguna parte:

     —La máscara.

     Seguramente hubo un cambio en la expresión de mi rostro, y él lo notó, porque por un momento me miró fijo a los ojos, luego inclinó un poco la cabeza y casi sin parpadear, fijó su vista en el piso con una mirada que a mí me pareció infinitamente triste. Por largos segundos no supe qué decir. Las preguntas acudían a mi mente reiterada y vertiginosamente: ¿Quién es Arturo? ¿Por qué vive de esta manera? ¿Por qué está tan triste? ¿Qué hay detrás de esa máscara de la que él habla? El sabía que yo quedé confundido. Se dio cuenta también que por mi mente se estaban cruzando algunas preguntas cuyas respuestas él tenía.

     —Seguramente… podemos platicar, —me dijo con voz pausada y sin levantar la mirada del piso, —de todos los compañeros de trabajo, sin temor a equivocarme, creo que tú eres el más discreto. Te he estado observando por algún tiempo, sin que te dieras cuenta por supuesto, y he llegado a la conclusión de que eres la persona que necesito.

     Y a medida que iba diciendo estas cosas, iba también levantando lentamente su cabeza hasta fijar su mirada directamente en mis ojos, y con esa mirada entendí que me estaba pidiendo que fuera discreto.

     —Soy todo oídos, —le dije, y para reafirmar su confianza, —puedes estar seguro de mi discresión, gracias por la confianza.

     Arturo fijó de nuevo su vista en el piso y se quedó serio por algunos segundos. Tuve la impresión de que estaba indeciso, pero luego me di cuenta que no era eso, lo que sucedía es que no sabía por dónde empezar. En ese momento, sin que él dijera una palabra, sentí que el Arturo que tenía enfrente, no era el que yo veía todos los días en el lugar de trabajo. Este Arturo estaba muy triste, y fue en ese momento cuando comencé a entender lo de la máscara.

     —El piso de mi alcoba, —dijo con voz pausada y casi inaudible, —se asemeja mucho a mi vida: escarapelada y con rajaduras por doquier. No son pocas las veces que pienso que no vale la pena vivir; de hecho, cada vez me resulta más dificil llevar la máscara puesta cuando salgo de este cuartucho.

     Todo esto lo dijo sin levantar la vista del piso, como sin mirar a nadie o a nada en especial. Aquella mirada junto con su tono de voz pausado, evidenciaban una tristeza muy profunda y tan contagiosa que sin darme cuenta dos rebeldes y gruesas lágrimas rodaron por mis mejillas, y sin que él se diera cuenta, rápidamente las enjugué con el dorso de mi mano.

     —Amigo, —me dijo ya viéndome directo a los ojos y sin cambiar el tono de voz, —aunque no lo parezca, mi vida ha sido muy triste…bueno… no absolutamente, he tenido períodos muy tranquilos y algo felices, a veces largos y a veces cortos, como le pasa a todo el mundo. No me considero un ser excepcional ni tampoco me agrada compadecerme de mí mismo, mucho menos andar por ahí buscando que me tengan lástima, eso, el “nuncás de los nuncases y el jamás de los jamases”. Agradezco en todo lo que vale tu oportuna visita; de hecho, ya había pensado en invitarte a que tuviéramos un plática, si no aquí en mi alcoba, en alguna otra parte donde pudiéramos estar tranquilos. Digo oportuna, porque me sirve para despedirme de ti, y por conducto tuyo, de los jefes de la planta y de los demás compañeros de trabajo. Nunca me han gustado las despedidas. Mañana parto, no me preguntes para dónde voy porque ni yo mismo lo sé, ya lo decidiré en el camino. El título de propiedad de esta alcoba ya está a nombre de dos viejecitos que vivien en un jacal a la orilla del puebo. Me llevo nada más mis discos, mis libros, y mi ropa por supuesto.

     Luego con voz apagada y quebrantada por los sollozos, me dijo:

—Si mi hijo… viviera, sería… más o menos de tu edad.

     Con movimiento lento levantó un poco la almohada de su viejo camastro y sacó un sobre tamaño oficio.

     —Es… para… ti, —me dijo con voz quebrantada, —despidámonos ya, antes de que comience a llorar.

     Me abrazó efusivamente, con emoción, como quien se despide de un hijo al que siente que ya nunca más volverá a ver. Yo estaba anonadado, las preguntas seguían revoloteando en mi cabeza: ¿Quién es Arturo? ¿por qué vive de esta manera? ¿por qué está tan triste? Sobre todo eso, ¿por qué tanta tristeza? Agregado a eso, la mención de un hijo de mi edad. Aquel sobre con mi nombre impreso quemaba mis manos. Inteligentemente Arturo seguramente vió en mis ojos mi desconcierto y me dijo que en el sobre encontraría las respuestas que hasta cierto punto me agobiaban. Finalmente le deseé la mejor suerte del mundo, él me deseó lo mismo y me fuí a mi casa con aquel sobre que me quemaba las manos. El contenido era más bien breve, una página y media en la que relataba someramente la causa de su gran tristeza. El relato, obviamente, estaba escrito en la primera persona y en tiempo presente:

       —Soy hijo único de un matrimonio que según mi muy particular opinión, era extraordinario. De clase media baja, no en la indigencia pero tampoco en la riqueza. En mi memoria están grabados como con cincel los felices años de mi niñez y de mi adolescencia. Luego vino la debacle; mis padres murieron en un desafortunado accidente causado por un abominable borracho manejando en estado de completa ebriedad siendo yo un adolescente de catorce años. Fue en ese entonces que comenzó la gran tristeza que me acompaña hasta la fecha. Aquel desgraciado suceso también quedó grabado en mi memoria como con cincel. ¿Cómo olvidarlo? Imposible de los imposibles. Tuve apoyo, claro, de parte de parientes y de amigos bien intencionados de la familia, apoyo que hasta la fecha agradezco en todo lo que vale. He logrado sobrevivir a base de mucho esfuerzo, de mucho trabajo, pero siempre con ese recuerdo recalcitrante en mi mente. No hay rencor, no hay amargura en mi ser, hay tristeza nada más. ¿Culpables? Sí, hay uno y nadie más: el que causó el accidente. Una cosa que me indignó profundamente y me indigna todavía, fue el hecho de que un sacerdote trató de consolarme estando muy reciente la tragedia al insinuarme y prácticamente culpando a Dios de lo que pasó. Me repitió el estribillo que se repite millones de veces en todo el mundo: —Así quizo Dios que murieran, debes resignarte—. ¡Qué barbaridad! ¡Qué absurdo! Si Dios hubiera estado presente personalmente en aquel momento en que el cura dijo lo que dijo, seguramente le habría propinado un bofetón como para decirle: —A mí no me andes culpando de lo que no hice—. —Debes resignarte, —me dijo melosamente. Resignado estuve y sigo resignado, pero la tristeza ¿cómo me la quito?

     Crecí a la deriva, sin rumbo fijo pero con responsabilidad. Al morir mis queridos padres me di cuenta que mi responsablidad era valerme por mí mismo. La casita donde por algunos años —muy pocos por cierto— fui tan feliz, por razones de herencia pasó a ser de mi propiedad. De modo que de pronto y de manera radical, me encontré en una situación que al principio me pareció algo difícil pero que pronto pude solucionar; simplemente decidí independizarme a esa temprana edad. Me fue relativamente fácil encontrar empleo en un negocio de ferretería y maderería. Al principio, y siendo que era muy joven, mis obligaciones consistían en hacer de todo: Limpieza del local, mantener los estantes en orden, ayudar a los clientes a cargar la madera que compraban, mantener vacíos los depósitos de basura junto a los escritorios, y un sin número de pequeños deberes propios de un “hacelo-todo.” Al mismo tiempo, poco a poco fui aprendiendo todo lo que tiene que ver en ese giro de negocio y más pronto que tarde, me convertí en todo un experto en ese ramo de negocios. Fue ahí en la ferretería donde conocí a la mujer con la que fuí por espacio de algunos años inmensamente feliz, al grado de que me fue posible poner el recuerdo de mis adorados padres en algún rincón de mi mente, más no en el olvido.

     Con el patrocinio del dueño del negocio pudimos mi esposa y yo establecer nuestro propio negocio, también en el ramo de ferretería. En un lapso relativamente corto, nuestro negocio properó al grado de que fue posible hacernos de un capital más o menos importante. Cuando todo indicaba que seríamos felices por el resto de nuestras vidas, la debacle me golpeó de nuevo: Mi amada esposa, con dos meses de embarazo de nuestro primer hijo, muere de un traicionero ataque al corazón. Con el capital ahorrado, la venta del negocio y la venta de mi casa, tengo suficiente dinero para mantenerme por los pocos años de vida que me quedan. El trabajo constante me mantiene a flote; no me deja consumirme de demasiada tristeza y al mismo tiempo ayuda para que mi capital no disminuya y siga ganando intereses. Mi testamento establece que a mi muerte, lo que quede de mi capital, sea donado al asilo de ancianos indicado ahí mismo en el documento. Voy pues por el mundo arrastrando mi tristeza. No permanezco mucho tiempo en un solo lugar porque también eso ayuda a que no me deprima. La tristeza me acompaña siempre, es inevitable, pero la disfrazo con una MÁSCARA.

 

 

 

 

 

 

 

 

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