Estás Cruzado

Cuento 2 sobre brujas y brujerías.

Ahí estaban otra vez aquellos cuatro entrañables amigos: Melquíades, Calixto, Chon y Beto. En esta ocasión la reunión se efectuó en el pequeño patio de la casa de Beto. Dos frondosos arbustos (un tabachín y un granado), le sirvieron de escondite al chamaco que le gustaba oir las conversaciones de los adultos. Ahí estaban también Minga, esposa de Calixto, Paz, esposa de Chon, y Lola, esposa de Beto. Un balde pletórico de fresca agua recién sacada de la noria, ocupaba el centro del círculo de los reunidos.

—Qué nos cuentas Beto, —dijo Melquíades, —ya que para contar cuentos tú te las pintas solo.

—Ssss, —dijo Beto, —cruzando sus labios con el dedo índice. Era su forma muy personal de pedir atención. —Ssss, la noche está muy calurosa y hay luna llena… Han de saber ustedes que es en las noches de luna llena… cuando los lobos… platican con la luna, y si se tiene suerte, se puede ver alguna bruja atravesando la luna montada en una escoba, Ssss. Hablaba a media voz, pausadamente, como para darle al ambiente un dejo de misterio. Todos se quedaron quietos. Detrás de los arbustos se libraba una lucha de terror. Una que otra nube oscurecía ocasionalmente la noche dándole al ambiente un dejo de misterio que encajaba muy bien en la expectativa de los reunidos.

—Ssss, —dijo Beto, cruzando otra vez sus labios con su dedo índice. —Por ahí oí el caso de un Felipe y una Agripina que disque les afectó mucho un embrujamiento. Felipe y Agripina se conocían desde niños, crecieron juntos, y fueron vecinos de toda la vida. Los padres de ambos en ocasiones exteriorizaban sus deseos de que algún día, cuando Felipe y Agri crecieran, se casaran y así las dos familias se unirían por afinidad. Al principio, aquellos dos chamacos jugaban los juegos propios de la niñez. Después…pues…también jugaban claro, aunque, ya no era lo mismo, ahora eran los juegos de la adolescencia, algunos prohibidos, otros no tanto, hasta que llegaron a la juventud en que ni siquiera se pusieron de acuerdo para ser novios. Felipe decía, —nosotros ‘semos’ novios desde chiquitos. El papá de Felipe y el papá de Agri ya se sentían compadres aun antes de serlo. Vino a dar por resultado que lo que tenía que pasar pasó.

—Mire compadre, —dijo el papá de Agri, —las cosas pasan porque tienen que pasar, son cosas que ya vienen de lo alto. Resulta que la Agri ya tiene días que se ve desmejorada, se queja de dolores de estómago, tiene nauseas y hasta está descolorida. Según mi vieja, parece que Agri está en estado interesante. Vamos pues casándolos compadre, antes de que comiencen las malas lenguas. ¿Qué lo impide? Ya ellos están en edad de merecer: la Agri ya cumplió los dieciséis, y el Felipe, pos’ ya ve usté’ que es nomás unos meses mayor. Por otra parte, pos’… yo tengo dos cuartitos que están ‘dioquiz’, allí pueden vivir sin ningún problema.

Los malestares de Agripina eran puro cuento, no estaba embarazada. Simplemente eran caprichos de chamaca chiplona y engreída. —El Felipe es mío y ‘naiden’ me lo va a ganar, —decía. De modo que la ceremonia de la boda se celebró con mucha sencillez: Vino el comisario del pueblo y les leyó a duras penas —no sabía leer muy bien— la carta de Melchor Ocampo, los declaró legalmente unidos en matrimonio, —y que sean muy felices, —dijo.

Beto guardó silencio por unos momentos con la intención de que sus oyentes asimilaran lo hasta ahí contado. Calixto no aguantó y un poco desesperado, preguntó: —¿Eso es todo, o hay algo más?

—Ssss, —dijo Beto con el índice cruzando sus labios una vez más, y continuó: —Felipe y Agri fueron muy felices cuando menos los primeros años. Después…pues…las cosas comenzaron a cambiar, como pasa en todos los matrimonios…a lo mejor esos cambios ya vienen de arriba, quizá no, el asunto es que Felipe comenzó a salir con los amigos, se iba a jugar billar, y se echaba sus “chelas”. Para estas fechas, Felipe ya no era el escuincle mocoso de cuando se casó, no, ya era todo un joven de veinte o veintiuno, muy bien parecido y con mucho pegue entre las muchachas jóvenes, y también las no muy jóvenes. Era de regular tamaño, bien fornido, y eso sí, no le gustaba trabajar: —Pa’que, —decía, —que trabajen los pobres. Vino a dar por resultado que un día llegó Felipe a la casa en la madrugada; se le habían pasado las copas y venía “hasta las manitas”, ebrio el hombre, bien zumbo. Agri muy hacendosa lo sentó en la orilla de la cama, le sacó las botas, le quitó la ropa, y cuando le quitó el sombrero: —¡¡Válgame el Santo Niño de Atocha; Virgen Santísima; Válgame el Sagrado Corazón y todos los santos del cielo, pero qué es esto, Virgen Purísima; mamáaaa, mamáaaaa, ven, ven!!

La mamá entró al cuarto como tromba. —¡¡Qué pasa m’ijita, qué pasa!!

—¡¡Mira mamá, mira Felipe!!

—¡¡Tápalo!! —gritó la señora con la cara pegada a la pared porque Felipe estaba despatarrado y desnudo en la cama, roncando como nomás él sabía hacerlo.

—¡¡Mírale la cabeza mamá, mírasela, la tiene llena de broches del pelo, y también un mechón de pelos de mujer hechos nudo. Ay Dios mío qué voy a hacer, me lo han embrujado, me lo han embrujado, ay ay!! —Agri lloraba sin consuelo y gritaba —¡¡Está embrujado, está embrujado, con razón ha cambiado tanto; no es que yo me haya puesto fea y botijona, el Felipe me ‘quere’ así como soy, lo que pasa es que alguna envidiosa me lo embrujó!!

Las risas no se hicieron esperar, todos rieron a carcajada batiente menos Beto. Así era él, contaba sus chistes y se quedaba serio, observando su audiencia con su mirada intensa, con una actitud que claramente demostraba que vivía el momento en toda su plenitud. Las risas poco a poco fueron disminuyendo hasta que todos se quedaron quietos. Todas las miradas estaban fijas en Beto, lo miraban con ansiedad, esperando a que continuara con el relato. Beto alargó la pausa intencionalmente, necesitaba asegurarse de que los gritos de Agripina no le fueran a estorbar para tener el cien por ciento de la atención de sus oyentes. Calixto le confirmó que ya estaban listos para seguir escuchando y con desesperación dijo:

—¡Pos’ síguele, ¿qué crees que te vamos a esperar toda la noche?!

—Ssss, silencio ranas que’s poca l’agua, —dijo Beto con voz apenas audible, provocando sonrisas nada más, y continúa: —Las consuegras pronto se pusieron de acuerdo para llevar a Felipe con la curandera.

—Pos’ a ver si ‘quere’ comadre, ya ve usté’ como son los hombres, no creen en estas a cosas.

—Pero no, —dijo Beto socarronamente, —no tuvieron ningún problema para convencer a Felipe, muy dócil el hombre, casi se podría decir que iba con gusto, hasta se bañó, se perfumó, y se puso las botas nuevas, sí señores. La curandera se llamaba Celestina y le decían “doña Celes” imagínense nomás. La madama no era muy bonita, pero hay que ver que tampoco era muy fea y si algo tenía de fea, lo compensaba con su manera de vestir: Muy elegante la mujer; vestía ropa fina que le quedaba a la medida, y muy pegadita al cuerpo. Cuando caminaba por la calle atraía las miradas de los “hombres masculinos” digo…porque hay por ahí algunos que no son muy masculinos. Éstos, (los masculinos) la miraban con lujuria, con lascivia, es decir, con malos ojos y las mujeres y los otros, la miraban con envidia.

—Mentiroso, —dijo Lola, y Beto la miró de reojo y sonrió socarronamente como diciendo: ‘lo dicho’ y continuó:

—Tenía lo suyo la Celes. Y además había algo muy importante: La mujer gozaba del respeto de la mayoría de las gentes del pueblo porque corría la fama de que no había embrujo ni mal puesto que no pudiera curar. La Celes se jactaba de que hasta las brujas la respetaban sí señores, lo que sea de cada quien…Déjenme tomo un vaso de agua, se me ha secado la boca, debe ser por la emoción.

—¡Otra vez la interrupción! —dijo Calixto desesperado.

Beto esta vez lo ignora y continúa con su relato: —La casa de la curandera que también fungía como consultorio, estaba situada en una de las callecitas más céntricas del pueblito. Era una casita muy bien pintadita. En el patio de enfrente, así como también en la parte de atrás, había un jardín con infinidad de flores de todos colores y en un rincón del patio trasero, doña Celes hizo construir una capillita de piedras pegadas con barro, y en el interior, puso un pequeño altar con una estatua de una virgen que nomás ella sabía quién era. Todas las mañanas, muy tempranito, doña Celes se arrodillaba ante la estatua, en primer lugar para verificar que la veladora no estuviera apagada, y en segundo, pues…a pedir la ayuda y la dirección necesaria para llevar a cabo su trabajo de curanderismo. Las dos comadres acompañadas de Felipe y Agri, penetraron en el consultorio, y con mucho respeto y parsimonia, tomaron asiento en aquella acogedora salita de espera.

—¡Pero qué bonita sala! —exclamó la mamá de Felipe, —así quiero pintar la mía, de diferente color cada pared.

—¡Y las sillas, mire usted las sillas comadre! —casi gritando la mamá de Agri, —todas de diferente color, qué hermosura!

—En eso estaban, —continuó Beto, —cuando entró doña Celes, y hay que ver qué fue la que pasó: La curandera se quedó viendo a Felipe fijamente con muuucha ternura. Las comadres y Agri interpretaron esa mirada pues…como mirada de doctor de rancho que trata de ver en los ojos del paciente la gravedad del mal. Pero no…no era eso, la mirada, tanto de un lado como del otro, era de pasión, algo así como diciendo, ¿cómo estás cariño? ¿Cómo estás amor mío?

—¡Válgame la virgencita, estás cruzado! —Exclamó doña Celes con voz melosa y apasionada. —La persona que te embrujó ya se murió, y cuando esto sucede, es imposible quitar el embrujo. Pero no te preocupes Fe…digo… amigo, yo tengo poderes para curar aun a los cruzados. Han de saber ustedes que soy la única en el mundo que puede curar cruzados porque la virgencita que tengo ahí en la capilla, es muy especial, y ella me da poderes especiales. Ven conmigo, no tengas miedo, pasemos tú yo solos, tú y yo solos, al cuarto de “auscultación”, vamos a ver qué podemos hacer.

—Hora y media duró la consulta sí señores, y salieron del cuarto con señales evidentes de cansancio, y doña Celes un poco despeinada y sudorosa, dijo: —El embrujo está muy fuerte, voy a tener que luchar contra las fuerzas del averno por más de una ocasión; así que, me lo traen una vez por semana, cada miércoles por favor.

Ya a estas alturas del cuento Beto y sus amigos reían alegremente, y más cuando Beto agregó entre risas: —Muy pronto se les cayó el circo, se les descubrió el pastel y claro, pasó lo que tenía que pasar, “ya venía del cielo”. Más pronto que tarde los tórtolos se divorciaron, y Felipe muy contento se fue a vivir con doña Celes.

 

 

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