NARCISO

 

     Este es un cuento corto acerca de un niño que nació en el seno de una familia muy pobre. El cuento puede muy bien encajar dentro de la ficción, o de la realidad. La ciudad donde nació Narciso, —Chicho—, no tiene la menor importancia puesto que hay miles de Narcisos que nacen en el seno de familias muy pobres en todas partes del mundo.

 La casita de Chicho.

      Chicho vivía en una humilde casita hecha de adobe que estaba situada en un pequeño terreno de 20 x 20 metros y era la más chaparrita de la cuadra. El techo era de vigas de troncos de árbol más o menos derechos cuyo techo consistía en una torta de lodo mezclado con paja para que no se trasminara el agua cuando llovía. Constaba de tres cuartos en hilera, comunicados, pero sin puertas de madera. De día, los boquetes eran tapados con pedazos de lona a manera de cortinas que había que quitar en las noches para tenderlas en el suelo para dormir. Las puertas y ventanas que daban a la calle y al patio, estaban hechas de tablas de todos tamaños unidas con travesaños y con rendijas por todas partes que había que tapar con tiras de trapo en invierno. En verano se mantenían abiertas por razones obvias, los calorones eran tremendos. El piso era de tierra y había que barrerlo casi todos los días, regándolo con agua para que no se levantara polvo. A Chicho le gustaba barrer el piso nada más por el olor a tierra mojada que llenaba toda la casa. Los muebles: la mesa, el trastero, las sillas, el ropero, etc., eran hechos en casa por el papá de Chicho. Un quinqué —lámpara de petróleo—, alumbraba la casa por las noches. ¡Oh, cuántas tareas escolares hizo Chicho a la luz de aquella laámpara! La estufa era de leña, y Chicho “amaba” esa estufa porque le daba calor en los crudos inviernos, aunque eran muchas las ocasiones en que no había dinero para comprar la leña y entonces Chicho se ponía muy triste, triste hasta las lágrimas. A su corta edad se daba cuenta de lo difícil de la situación económica.

 La noria.

      El agua había que sacarla de la noria que estaba a medio patio con un balde que le cabían unos dos o tres galones. El poso tenía una profundidad de 18 a 20 pies más o menos. Una de las cosas que no le gustaban a Chicho de aquella bendita noria, era que había que sacar grandes cantidades de agua cuando su mamá lavaba la ropa de la familia. Era un trabajo agotador para su edad, pero nunca se negó a hacerlo. Muchas veces lloraba en silencio cuando hacía este trabajo y pensaba que algún día podría vivir en una casa con todas las comodidades. Pero había algo que sí le gustaba de la noria: en verano el agua salía fresca y en invierno salía tibia. Él no entendía por qué, pero eso le gustaba: en tiempo de calor no era necesario hielo para hacer limonada fresca, y en invierno, en la mayoría de los casos, no había que calentar el agua para bañarse.

El sanitario o excusado.

Pues, era de hoyo y estaba situado en un rincón del patio lo más alejado posible de la casita por aquello de las malos olores. Las cenisas de la estufa iban a parar a ese hoyo para contrarrestar un poco la hedentina, especialmente en tiempo de calor.

La mancha.

      Un día después de clases, llegó Chicho a su casa cabizbajo. Su papá inmediatamente se dio cuenta que algo le pasaba, algo inusual, y lo invitó a salir al patio para conversar. Chicho con toda confianza le dijo que había escuchado un comentario, que a manera de burla, hizo un compañero de clases: La pobreza es una mancha. Su papá, con energía e indignación, le aseguró a Chicho que ser pobre no era ningún delito, que si la persona que es pobre, es trabajadora y honesta, eso la hace noble. El trabajo ennoblece a los hombres; la deshonestidad, los vicios, el robar, etc. Eso sí mancha de veras.

Chicho ahorró $ .35 centavos.

      Una de las experiencias más tristes que tuvo Chicho fue cuando cursaba el tercer año de primaria. Resulta que la maestra tuvo una idea “genial”: Decidió que comenzando el año, todos los niños iban a ahorrar todo lo que pudieran para hacerle un regalo a las madres el diez de Mayo. Gilberto ahorró $ 35.00 pesos, Pepe $45.00, eran ricos. Chicho ahorró $ .35 centavos. Fue el que menos pudo ahorrar. De manera que todos su compañeros lo miraban como cosa rara y eso le causó mucha tristeza y vergüenza, además. Sin embargo le alcanzó para regalarle a su mamá una cucharita de plástico roja con un moñito. Y lo hizo con todo el amor del mundo, con lágrimas en los ojos, no de tristeza sino de felicidad. Su papá le dijo que aquellas lágrimas tenían un valor de más de $ 35.000 pesos. Después de ese episodio triste de su vida, Chicho se metió de bolera, y poco a poco se le fue levantando su autoestima: Ya podía ayudar con algo en la economía de la familia.

Una coca cola para él solo.

     De sus padres aprendió que había que compartir con la familia. Que todos debían de cooperar en un fin común: el mejoramiento de la situación económica. Chicho, además de bolear, también hacía mandados a los vecinos, por veinte centavos, por un tostón —cincuenta centavos—, o por —quédate con el cambio—, y todo el dinero iba para la casa. Un día decidió hacer realidad un sueño que tenía desde hacía mucho tiempo: comprarse una coca cola para él solo. La compró en el quiosco del parque, fue y se sentó en una banca, y comenzó a saborearla, así, muuuy despacito, para que le durara más. Pero de repente le asaltó un pensamiento que le echó a perder aquel momento de alegría: no estaba compartiendo con los suyos. Y le entró una tristeza indecible. Sintió que estaba haciendo mal, que era un egoista, ¿qué pensarían sus hermanos y sus padres si lo vieran allí tomándose una coca cola él solo? Y seguía tomándose su soda a traguitos chiquitos, revueltos con las lágrimas que le chorreaban por las mejillas e iban a parar a su boca. Así que, decidió que nunca más lo volvería a hacer y se fue por las calles del pueblo y del mundo luchando por mejorar la situación.

 

 

 

 

 

 

 

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