Una Sonrisa

Las advertencias le llovieron como un diluvio: Su papá, sus amigas más íntimas y también las no muy íntimas, se lo advirtieron muchas veces pero no hizo caso. Angélica estaba perdidamente enamorada del hombre equivocado y no hubo manera de hacerla recapacitar. Ahora, después de haber sido una muchacha alegre y feliz, tal parecía que era un sinónimo de la desilusión, pues con tan solo veintitrés años de edad, ya había decidido que nunca jamás se volvería a casar. Se casó a los veintiuno, una hermosa mañana de mayo y se podría decir que su felicidad duró lo que dura el canto de un gallo porque a los veintitrés y dos meses, ya era una mujer divorciada. El cielo le cayó encima cuando descubrió que su esposo la engañaba.

—Todos los hombres son iguales, —repetía con insistencia, —nunca jamás volveré a confiar en ninguno.

Y era en momentos como esos en que don Javier, —su padre—, la reprendía de muy amable manera diciéndole que no fuera injusta; que no debería de medir a todos los hombres con la misma medida:

—Yo siempre respeté a tu madre, nunca la engañé —le decía con ternura.

Y Angélica pedía disculpas desde los más profundo de su corazón porque sentía un gran respeto por su padre. Para ella su papá era el esposo modelo, el ejemplo a seguir. Aun cuando su mamá —de Angélica— ya no existía, él seguía siendo fiel a ella, nunca se volvió a casar; porque, equivocado o no, don Javier pensaba que en el mundo no había otra mujer que pudiera llenar el vacío que quedó en su alma por la muerte de su querida esposa. Sin embargo Angélica en su frustración, estaba llena de dudas; —¿será cierto que siempre fue fiel a mi mamá? —Se preguntaba con frecuencia.

Por supuesto que era normal que Don Javier estuviera preocupado por la situación de su hija pero no al grado de sospechar que fuera a cometer alguna locura. Don Javier conocía muy bien a Angélica. Él sabía de su inteligencia, de su carácter firme, y de su gran nobleza. Él estaba completamente seguro que la decisión de Angélica era muy relativa, que no era una decisión definitiva. Angélica estaba dolida, frustrada, y muy decepcionada. —El tiempo es la mejor medicina, —pensaba don Javier, —solo hay que tener paciencia, pronto se enamorará de nuevo y seguramente esta vez será más cuidadosa. La elección será más meticulosa y más inteligente.

—Mira querida hijita, —le dijo don Javier uno de esos días, —tú conoces el dicho ese de que no hay mal que por bien no venga; quizá el futuro tenga para ti algo que hará cambiar tu forma de pensar, todo es cuestión de paciencia. Permíteme que te dé un buen concejo, un excelente consejo diría yo: Procura no enamorarte del “amor”, no te enamores de una “cara bonita”, más bien, enamórate de la persona, eso es muy importante.

Cuando don Javier le hablaba, Angélica lo miraba fijamente a los ojos, así había sido enseñada y eso era lo correcto. Eso es lo que una persona de respeto y de buenas maneras hace: Escuchar con atención. Sin embargo la herida de Angélica era muy profunda y dolorosa. Por las noches, en la soledad de su alcoba, derramaba lágrimas de dolor hasta quedarse dormida. Don Javier estaba enterado de eso porque escuchaba sus sollozos, y era por eso que inteligentemente forzaba la conversación con Angélica. Él no podía permitir que su querida hija callera en una depresión profunda; nunca le dijo directamente: —háblame, dime que es lo que está pasando—, más bien dirigía la conversación de manera que Angélica se veía medio forzada a hablar libremente de sus sentimientos.

De ser una muchacha alegre y feliz, Angélica pasó a ser una muchacha taciturna e introvertida. En el bufete de abogados donde trabajaba de asistente legal, laboraba como una autómata. Su comunicación con su jefe y con sus compañeros de trabajo se limitaba nada más a lo que tenía que ver con el trabajo. Sus compañeros de trabajo trataban, sin lograrlo, de levantarle el ánimo con bromas y chistes, pero nada funcionaba. El humor de Angélica había cambiado de manera radical; una medio sonrisa aquí o allá, y eso era todo. Fue entonces cuando un buen hombre llamado Roberto García apareció en el escenario de la vida de Angélica. ¿Cómo podía ella imaginar los eventos que a grandes pasos se avecinaban?

Roberto García decidió, por causa de su situación emocional, que era absolutamente necesario salir de la ciudad donde nació y creció; donde tenía su negocio de abarrotes; donde se casó y seis años después, enviudó quedándose solo, con un hijo de siete años al que decidió dedicarle el resto de su vida. Con ese propósito vendió todo lo que tenía en su ciudad natal y se mudó a la ciudad donde don Javier y Angélica vivían. Quizá fue la casualidad, quizá fue obra de la providencia, quizá fue cosa del destino el que Roberto haya rentado una casita que estaba ubicada en una de las esquinas de la misma cuadra donde Angélica y don Javier vivían; y en la otra esquina y por la misma acera, compró un local que por alguna razón estaba sin terminar. De manera que decidió terminar la construcción para instalar su negocio de abarrotes. Era pues inevitable que todos las tardes caminara con su hijo por la acera donde estaba la casa de don Javier y Angélica. En la mayoría de las tardes don Javier acostumbraba sentarse en su silla mecedora bajo el porchecito de la casa a ver la gente que pasaba por la calle, y no era raro verlo de vez en cuando conversando con alguno de sus vecinos. Uno de esos días Roberto y su hijo Betito decidieron presentarse con él, y aun cuando en ese momento la intención de Roberto era puramente comercial, —relaciones públicas— fue ese el principio de una bonita amistad que perduró por muchos años.

El valor de una sonrisa sincera es incalculable.

En esa primera visita, Roberto le habló a don Javier ampliamente de sus proyectos de negocio. Y después, en visitas subsecuentes, la amistad entre ellos fue creciendo de tal modo que ya no solo hablaban de negocios, sino también de cosas personales. De manera que Roberto, sintiendo una necesidad casi urgente de aminorar aunque fuera un poco el dolor que llevaba dentro, le contó a don Javier, e indirectamente a Angélica —puesto que en la mayoría de las ocasiones estaba presente— de cómo perdió a su esposa víctima de leucemia; de cómo tanto él como su hijo Betito, luchaban desesperadamente por no caer en tristeza profunda, y de cómo tanto él como su hijo, tenían la esperanza de comenzar una nueva vida. Angélica, aun cuando su participación en las conversaciones era muy esporádica, de alguna manera se sentía identificada con la situación emocional de Roberto y de Betito, puesto que también ella estaba pasando por una situación semejante.

En aquellas conversaciones había algo que llamaba sobremanera la atención de Angélica: Betito y su manera tan correcta de comportarse; se sentaba ahí junto a su papá muy calladito. Pero eso no era todo, además de que ella ya había notado que Betito era un niño muy triste, había algo más que la llenaba de incertidumbre: ¿Por qué Betito la observaba tanto? Y no es que Angélica haya sorprendido al niño mirándola, —Betito se cuidadaba mucho de no ser sorprendido— lo que sucedía era que ella ¨sentía¨ aquella insistente mirada y buscaba por todos los medios de sorprenderlo en el acto.

De manera que por mucho que se cuidó Betito, en una de aquellas tardes, Angélica lo sorprendió viéndola fijamente. En aquel momento, y por alguna razón, la conversación entre Roberto y don Javier se detuvo por un corto momento, momento que Angélica aprovechó para de pronto voltear a ver a Betito y lo sorprendió viéndola fijamente. Betito tímidamente sonrió y bajó la vista cohibido. Aquella tímida sonrisa definitivamente derribó la muralla que Angélica había construido en contra de los hombres.

Es la sonrisa más pura, más limpia y más cristalina que me han regalado, —pensó Angélica, y decidió —no sin antes pedir el consentimieto de Roberto— hablar con Betito más privadamente y lo invitó a entrar en la casa. De su librero personal sacó un libro y se lo dio al niño indicándole que leyera el título.

—Corazón, Diario De Un Niño, por Edmundo de Amicis, —leyó Betito con fluidez.

Ese hecho le dijo a Angélica que el padre de Betito necesariamente tenía que ser un buen hombre puesto que era evidente que Roberto se había tomado el tiempo necesario para enseñar a leer a Betito aun cuando el niño no tenía la edad escolar. La sorpresa mayor que se llevó Angélica fue cuando le preguntó al niño el por qué la miraba con tanta insistencia. Betito bajó la vista al piso, y por berves segundos guardó silencio. Luego, con voz entrecortada y con ojos llorosos como si estuviera a punto de romper en llanto, dijo:

—Usted…se…parece mucho a mi…mamá.

Angélica lo abarzó tiernamente, también con los ojos llorosos y fue en ese momento que decidió que haría todo lo posible por convertirse en la mamá que Betito tanto necesitaba.

De ahí en adelante se operó un cambio en la actitud de Angélica. Don Javier inteligentemente notó el cambio y con paciencia decidió esperar a que Angélica de su propia inciativa, le comunicara el por qué de aquel cambio. Y fue una de esas tardes en que estando solos a la mesa después de una suculenta cena, que ella quizo saber cuál era la opinión que don Javier tenía de Roberto.

—Es el hijo que yo hubiera deseado tener, —fue la contestación de don Javier.

Y aprovechando que la conversación tomaba ese giro, don Javier amablemente preguntó el por qué de aquel cambio en su querida hija. Angélica le contó lo que sucedió el día que invitó a Betito a entrar en la casa; le contó que Betito sabía leer porque su papá lo enseñó; le contó que Betito le dijo casi llorando que ella se parecía mucho a su mamá, y que para ella, todo aquello le indicaba que Roberto era un buen hombre. Sin embargo, intencionalmente se abstuvo de revelar a su padre lo que realmente motivó aquel cambio. —Les daré un sorpresa, —pensó Angélica. Don Javier inteligentemente vio en sus ojos que había algo más, pero como era su costumbre, quizo respetar el silencio de se querida hija.

Ahora don Javier estaba seguro de que Angélica estaba siguiendo su consejo de no enamorarse del ¨amor¨, de no enamorarse de un “cara bonita.” Roberto no era un hombre bien parecido, tampoco era demasiado feo, era simplemente un hombre muy correcto y muy respetuoso. De manera que cuando Roberto pidió permiso para cortejar a Angélica, don Javier no puso ninguna objeción. Después de un noviazgo muy correcto que perduró por algunos meses, y después de haber terminado la construcción del local y ya con su negocio de abarrotes establecido, se celebró la boda. Angélica irradiaba felicidad y decidió que aquel era el momento oportuno para sorprender, no solo a su padre, sino también a Roberto y por consecuencia a todos los invitados, y quizá aun más a Betito que desde ese momento se transformó en su hijo. De manera que dirigiéndose a toda la concurrencia, pidió ser escuchada. Todo mundo guardó silencio. Angélica llamó a Betito para que estuviera a su lado y lo abrazó tiernamente como ya lo había hecho meses antes. El discurso fue muy breve, pero muy significativo:

—Toda esta felicidad, toda esta dicha, toda esta alegría que ahora estoy gozando, fue motivada y tuvo su principio en un maravilloso regalo que recibí hace ya algunos meses; Betito me regaló la sonrisa más pura, más limpia y más cristalina que jamás había recibido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1 thought on “Una Sonrisa”

  1. Excelente historia, gracias por transportarme a ese lugar, sentia que era uno de los vecinos observando todo.
    Por cierto, muy buen detalle al incluir el libro “Corazón, Diario De Un Niño”, por Edmundo de Amicis, me da gusto saber que es lo que hay detrás de ese libro y lo que representa en su vida gracias por compartir eso conmigo.
    Para ser el primero que leo me ha dejado una muy buena impresión de su buen trabajo y sin duda alguna los siguientes no serán la excepción.

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