Nomás vine a conocerlo señor

(Sucede más a menudo de lo que suponemos)

     Soledad Méndez ya esperaba la pregunta porque hacía días que Mario se mostraba serio y pensativo, y estando en esa expectativa, abrigó en su mente el firme propósito de que llegado el momento, no le mentiría, simplemente le diría cómo es que habían sucedido las cosas.

     Soledad era originaria de un pueblito enclavado en las montañas del sur de México; su alegre manera de hablar, su sonrisa perenne, sus finos rasgos faciales y su piel morena, evidenciaban su descendencia de alguna etnia de las muchas que existen en México; tendría unos dieciocho años de edad cuando murieron sus padres en un desafortunado accidente cuando al destartalado camión en que venían de regreso a su casa, le fallaron los frenos y desbarrancó en uno de los muchos precipicios que hay por la sierra. Soledad sintió que su cuerpo en aquel momento se le deshacía en pedazos, y con exsasperación culpaba del accidente a la virgencita, puesto que a eso fueron sus padres a la capital del estado, a visitar a la virgencita. Soledad se encerró en su humilde vivienda por muchos días a vivir su tremendo dolor; la tristeza la invadió totalmente y se encerró en un mutismo por demás explicable. Un buen día decidió sacudirse el luto en que vivía, se despojó del vestido negro, y después de unos minutos de aseo personal, salió de aquel encierro y se dirigió con determinación hacia la casa de la familia mejor acomodada del pueblo y les vendió lo que, por ser hija única, le quedó de herencia: un pedazo de tierra de siembra de más o menos una hectárea y la vieja casita de adobes. Fue así como Soledad, inadvertidamente, le hizo honor a su nombre: se quedó sola en el mundo.

     Por esos días, el rumor del famoso “sueño americano” flotaba con insistencia en el ambiente. Soledad, desde mucho antes de que murieran sus padres, soñaba con la posibilidad de algún día realizar ese famoso sueño; de manera que, aún con rezagos de tristeza en su ser, salió muy bien vestida de la que fue su casita cargando en su mano derecha una maleta de tamaño medio, no se despidió de nadie, a nadie le dijo para dónde iba, simplemente abordó un viejo camión de pasajeros y se fue a perseguir el susodicho sueño. Le habían pintado el norte como un país abierto y generoso donde era posible ganar bastante dinero sin necesidad de trabajar tanto; nada más lejos de la realidad, de eso se dio cuenta años más tarde.

     Soledad nunca imaginó que cruzar la frontera fuera tan complicado; fueron largas la noches que pasó llorando de deseperación en el cuarto de un hotel barato; fueron muchas las veces que, reiteradamente, la idea de regresar a su pueblito enclavado en las montañas del sur de México golpeaba su cerebro pero, ―a qué regreso si ya no tengo nada allá, ―se decía a sí misma. Después de vencer un sin número de vicisitudes, logró, aconsejada por personas bien intencionadas, cruzar a pie por el río cerca de un pueblo pequeño situado por el lado americano llamado “El Polvo”, y fue en esa comunidad donde la buena fortuna le comenzó a sonreír.

     Don Ramón Casillas y su esposa Dominga eran propietarios de una gran labor que colindaba con el río. La calurosa tarde que conocieron a Soledad, estaban tomándose un merecido descanso sentados en sendas sillas mecedoras de mimbre bajo la sombra de dos frondosos álamos que muy bien servían de sombrilla para la casa, puesto que el frente de ésta, daba para el lado donde el sol se mete; frescas ráfagas de viento se dejaban sentir de vez en cuando para el agrado de aquellas dos personas de edad madura. De pronto la vista de Ramón tropezó con la figura de una persona que cruzaba con cierta dificultad el sembradío.

     ―Alguien viene, ―dijo con insertidumbre, y empujado por su altruismo, se puso de pie y con diligencia caminó al encuentro de Saledad, le quitó el bulto que cargaba sobre su espalda y amablemente la condujo hacia la casa.

     ―¿Qué andas haciendo muchacha? ―Preguntó Ramón en su peculiar acento norteño y, ―ándale Minga, prepárale algo de comer a esta muchacha, mira cómo viene.

   Dominga la tomó del brazo y con amabilidad la condujo al interior de la casa, ―ven hijita, ven―. Las lágrimas acudieron a los ojos de Soledad y un estremecimiento de alivio embargó se ser.

     ―No llores mi’jita, no llores, ―le decía Dominga con indecible ternura. Después de un reparador baño y habiendo Soledad disfrutado los alimentos, se produjo la inevitable converzación de sobre mesa.

     Soledad, con todo lujo de detalles, pausadamente y con claridad, les relató toda su odisea, eso despertó la simpatía tanto de Ramón como de Dominga y decidieron ayudarla.

     ―Mira muchacha, ―le dijo Ramón en un tono que pareciera que estaba hablando a una de sus hijas, ―tengo un amigo petrolero muy rico que vive en Odessa, se llama Frank More y su esposa se llama María, te llevaremos allá y estoy seguro que ellos sabrán protegerte, por el idioma no te preocupes, María habla español, de manera que no tienes por qué preocuparte por la barrera del idioma, lo que es más, voy a sugerirle a María que te enseñe inglés.

     El viaje a Odessa se realizó sin complicación alguna; no obstante eso, Soledad iba nerviosa y al mismo tiempo deslumbrada por el hermoso panorama que iba presenciando: ranchos aquí, ranchos allá, ganaderos en su mayoría con mansiones espectaculares rodeadas de árboles en su mayor parte. El ganado pastando a la orilla de la carretera protegido con cercas muy firmes de alambre de púas. Nada en comparación con lo que había dejado en su lugar de origen donde todo estaba amontonado, donde las casas eran de adobes, rústicas, y sin ningua espectacularidad; Ramón, inteligentemente detenía el coche en lugares que a él le parecían estratégicos y se bajaban para que Soledad pudiera presenciar el panorama a sus anchas.

     Frank y María al conocer por conducto de Ramón la situación de Soledad, no pusieron ninguna objeción en emplearla como doméstica aun sin conocerla, y más pronto que tarde, y por causa de su diligente trabajo en las faenas de la casa, se ganó la simpatía de aquella rica familia, y no pasó mucho tiempo en que por la influencia de aquel rico petrolero, Soledad consiguió su estadía legal en el país. En menos de un año, debido a su gran inteligencia y ayudada por María, no solo aprendió a comunicarse en inglés de manera aceptable sino que también aprendió a manejar automóvil.

     ―El sueño americano en toda su magnitud, ―pensaba por las noches en la soledad de su recámara, derramando lágrimas de felicidad.

     Soledad vivió en aquella mansión que mantenía brillante como un espejo por algo así como dos años. Las cosas cambiaron radicalmente una tarde en que Frank le comunicó que por casusa de sus negocios, les era necesario mudarse a Houston. Soledad sintió que su cielo se derrumbaba; sin embargo, Frank y María, en un acto de agradecimiento, le regalaron una casita muy bien acondicionada y un auto.

     Soledad una vez más le hizo honor a su nombre: se quedó sola. Sin embargo en esta ocasión las circunstancias no eran las mismas, ahora tenía mejores armas para enfrentar la situación: había aprendido inglés, de manera que era triligüe porque también hablaba el dialecto indio en que fue criada, era dueña de una casa, y poseía un automóvil que muy bien le servía de transporte, cosa definitivamente indispensable. En sus momentos de soledad y ya instalada en su casita, había momentos en que al pensar en Frank y Marìa, la tristeza la invadía porque sentía como si hubiera perdido a sus padres otra vez, al menos ese era el sentimiento que sentía hacia aquellos dos seres que por casi dos años la trataron como si fuera hija propia; no obstante el color de su piel; no obstante que Soledad procedía de una etnia indígena del sur de México. El “sueño americano” de Soledad, hasta aquel momento, parecía una realidad concreta. Por el hecho que se defendía aceptablemente en el idioma, logró emplearse en un asilo de ancianos cuidando viejitos. Todo iba viento en popa, pero conoció el amor y eso desencadenó una serie de sufrimientos que perduró por muchos años: se enamoró del hombre equivocado. Se llamaba Joaquín Salvatierra, originario de una comunidad llamada El Paradero muy cerca de la frontera y se empleaba en la construcción. Soledad, con la nobleza que le caracterizaba, lo llevó a vivir a su casita para que no pagara renta, y más pronto que tarde, se encontró que estaba encinta y las cosas comenzaron a cambiar: Joaquín, durante los meses de expectancia, se mostraba nervioso, indeciso, y a veces violento verbalmente. Mario nació un hermoso día de verano en el que Joaquín brilló por su ausencia, ausencia que se prolongó por muchos años.

     Diez años de edad frisaba Mario aquella tarde en que estaban sentados a la mesa después de haber cenado, y fue en ese momento que surgió la pregunta que Soledad con nerviosismo esperaba:

     ―Mamá, ―dijo sin apartar la vista del plato, y con una voz apenas audible, ―¿quién es mi papá?

     Fue entonces cuando del fondo de una petaquilla sacó un sobre grande que contenía algunas fotografías, fotografías que no había vuelto a ver desde hacía diez años porque esperaba el momento oportuno, y ese momento había llegado.

     ―Tu padre se llama Joaquín Salvatierra; el día que tú ibas a nacer, fue y me dejó en el hospital y dijo: ―ahorita regreso―. Ese “ahorita”, después de diez años, no ha llegado. Éramos muy jóvenes, él tenía veintiuno y yo veinte, nunca nos casamos y es por eso que tú llevas mi apellido nada más.

     El niño se quedó serio por unos minutos con la vista fija en ninguna parte, se levantó lentamente de su silla y abrazó tiernamente a su madre, ―usted es mi mamá y es mi papá ―le dijo al oído.

     El tiempo pasó y aquel niño a base de mucho esfuerzo y sacrificio por parte de su madre, y siempre bajo el patrocinio de aquel altruista matrimonio formado por Frank More y María, se convirtió en todo un profesionista; se graduó con honores de la universidad con un doctorado en ingeniería petrolera y el mismo Frank se encargó de colocarlo en su compañía petrolera con un jugoso salario. Fue así como Mario, con el producto de su trabajo, compró una hermosa casa y se la regaló a su madre en premio por todo lo que ella hizo por él.

     Mario, sintiendo que había cumplido con su deber de hijo, decidió formar su propio hogar, su propia familia; pero había una espinita que le molestaba y decidió sacársela antes de casarse; esa espinita tenía nombre y apellido, ―Joaquín Salvatierra―. De modo que por un tiempo más o menos corto, y sin comunicarle a su madre, le hizo al detective, y preguntando aquí y preguntando allá, finalmente dio con una persona que conocía a Joaquín Salvatierra, y esa misma persona le comunicó dónde vivía y le dio instrucciones precisas de cómo llegar Al Paradero.

     ―Madre, voy a ausentarme por unos días, no se preocupe, todo va estar bien.

     Soledad no preguntó para dónde iba porque ya lo sabía, o al menos lo sospechaba porque ya había notado que andaba serio y meditabundo, le deseó toda la suerte del mundo, y nada más le dijo:

     ―Trátalo bien, no le reclames nada.

     Mario se montó en su elegante camioneta y después de algunas horas, cruzó la frontera y se dirigió al poblado donde Joaquín Salvatierra vivía; tocó la puerta de aquella humilde vivienda y un hombre avejentado salió a recibirlo. Mario no tuvo ninguna duda en saber que aquel avejentado individuo era la persona que andaba buscando puesto que había un cierto parecido entre los dos; así que se concretó nada más en decirle:

     ―Yo soy Mario Gómez, mi madre se llama Soledad Gómez y estoy completamente seguro que usted la conoce; también estoy completamente seguro que usted es el hombre que me engendró; vivo en Odessa, Texas; ahí estoy a su disposición por si necesita algo, NOMÁS VINE A CONOCERLO.

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