EL REGRESO

 

EL REGRESO

Armando Grajales regresó después de cuarenta años. La nostalgia y un problema de salud, le hicieron sentir la necesidad de volver a vivir, si fuera posible, cuando menos por unos días, sus años mozos, sus años de juventud. Sin embargo estaba consciente de que eso sería imposible, pues su edad frisaba ya casi en la senectud, 64 a la fecha.

Circunstancias de trabajo, problemas de familia, y algunas otras cosas, obligaron a Armando a salir de La Perla a la edad de 24 años. La Perla, su ciudad natal, la ciudad que tanto amaba, la que tanto añoraba. Aquel pueblito —ahora convertido en ciudad— que tan fijamente tenía en su memoria con sus calles polvorientas, con su calor casi insoportable, y con sus gentes francas y amistosas. Pueblo pequeño donde todo mundo se conocía.

Estaba también consciente de que muchas de las gentes que él conocía, ya no existían. Por ejemplo, don Carlos el dueño de la tienda de abarrotes La Tropical donde trabajó cuando tenía 16 años como dependiente. Doña Socorrito, la esposa de don Carlos, muy fina persona. Hilario el carpintero, a quien recordaba porque además de ser muy chistoso, era muy hábil para trabajar la madera; y a muchas otras personas que recordaba con mucho cariño. Armando tenía la esperanza de reencontrarse con algunos de sus amigos de infancia y de juventud. Amigos de farras y de una que otra parranda, porque él no era, y no es, muy afecto al alcohol.

Sobre todo en su memoria estaba el recuerdo imborrable de Graciela, la que había sido su novia por algunos años: tan bonita; tan alegre; tan correcta. Se conocieron desde niños, y ya de jóvenes, se hicieron novios de una manera muy singular: Él iba a los bailes pero nada más por condescender con los amigos porque no sabía bailar, y en uno de esos bailes, su mejor amigo Humberto Pando, amigo también de Graciela, le apostó diez dólares a que no la sacaba a bailar. Armando se quedó perplejo y con la vista fija en los focos multicolores colocados alrededor del gran espejo rectángular que adornaba la cantina del salón de baile.

—Ándale no seas pato, —le dijo Humberto dándole un palmada en el hombro.

Armando herido en su amor propio, se levantó y se dirigió hacia la mesa donde estaba Graciela acompañada de dos de sus amigas y le dijo lleno de nervios:

—Graciela, es cuestión de vida o muerte, tienes que bailar conmigo cuando menos una pieza, te prometo que no te voy a pisar, —y antes de que ella le contestara, se dio media vuelta y se dirigió hacia la orquesta y le dijo a uno de los músicos que era amigo suyo: —Toquen algo suave porque no sé bailar. Los músicos tocaron El Vals sobre las Olas, y fue en esa oportunidad que Armando le pidió que fuera su novia. Días antes de salir de La Perla, le regaló el disco con el “Vals sobre las Olas.”

Ahora, después de cuarenta años, se encuentra a media sala de la Central de Autobuses, con mucha dificultad para disimular la emoción que le embarga. Al salir a la calle sintió de golpe el tremendo calor que nunca había olvidado, y lejos de incomodarle, lo recibió hasta con cierto placer.

—¿Un taxi señor? —Le dijo un joven atlético que portaba unos lentes semi-oscuros, y que vistía ropa sport que le venía a la medida. —¿A qué dirección?

Armando un poco indeciso le contestó: —Al centro de la ciudad, me gustaría hospedarme en el mejor hotel que haya.

—Por supuesto, —contestó el taxista, —lo llevaré al hotel Las Palmas, es lo mejor que tenemos.

En el trayecto Armando hacía esfuerzos por reconocer las calles, aquellas calles que le eran tan familiares y que ahora estaban irreconocibles porque estaban pavimentadas. Muchas construcciones nuevas, muchos negocios que no conoce, mucha gente desconocida para él.

—Todo ha cambiado, —pensó. —Obviamente…inclusive yo.

Ahora su pelo estaba completamente blanco y portaba una barba entrecana muy bien arreglada.

—¿Se puede detener un momento aquí por favor? —Dijo Armando, —quiero ver esa escuela.

Era la escuela primaria Francisco Sarabia, la escuela donde cursó sus estudios de primaria, la escuela que tanto amó. Era la misma escuela pero no el mismo edificio. En su memoria estaba el viejo edificio de adobe, con sus anchas paredes, sus pisos de madera, y sin sistema de aire acondicionado. Un cúmulo de recuerdos laceró el cerebro de Armando casi de forma cruel y no pudo evitar algunas lágrimas. Ya en el hotel pidió una habitación en el último piso que tuviera una ventana con vista hacia la ciudad. El administrador del hotel llamó al botones para que ayudara con el equipaje, y después de la propina, Armando decidió darle un prolongado vistazo a la ciudad a través de la ventana. Observó maravillado la gran cantidad de cambios de La Perla. Luego, después de un relajante baño, decidió salir a caminar por la calle, la calle céntrica, la calle por donde él y Graciela paseaban juntos cogidos de la mano en aquellas tibias tardes. Y otra vez un cúmulo de recuerdos golpean su cabeza. Caminó despacio, de este a oeste deteniéndose de vez en cuando para ver las nuevas construcciones de bloques de cemento que reemplazaron las viejas construcciones de adobe. En su mente pudo ver la refresquería donde él y Graciela acostumbraba ir a tomar un refresco o un cono de nieve. También pudo ver el “Salón de belleza Margarita,” que ya no existía porque Margarita había muerto hacía algunos años. También el taller mecánico de Mireles. Mireles, hombre muy amable y gran contador de chistes. La Concesionaria con un solo carro en exhibición. Armando sonríe con ese recuerdo.

Armando continuó su andar hasta llegar a la plaza donde aún está la iglesia del pueblo. Edificio muy antiguo, cien años quizá, todavía con la misma fachada, con su única torre, y quizá la misma campana. En el lado sur de la plaza, un moderno edificio de dos pisos reemplazó el viejo edificio de la Presidencia Municipal. El edificio antiguo ocupaba la cuadra entera, y no solamente era la Presidencia Municipal, sino que también ahí estaba la Comandancia de Policía, la Cárcel Municipal, una cancha de básquet bol y una pequeña escuela.

Armando continuó su paseo pero ahora en sentido contrario por la calle que corre paralela a la calle céntrica. Grande fue su sorpresa al ver que el restaurante Centro Viajero aún existía. Se vio a sí mismo acompañado de Graciela saboreando sendas órdenes de sabrosísimos tacos, y no pudo resistir el impulso de entrar con la ilusión de saludar a don Francisco Aguirre, el dueño del negocio. El nuevo dueño le informó que su padre le había comprado el negocio a don Francisco poco antes de éste muriera, y que aun su padre había muerto ya, y que ahora él era el dueño actual. Armando salió del restaurante con un dejo de tristeza preguntándose cuántos más habrán muerto ya. Ensimismado en sus pensamientos caminó unas cuantas cuadras. De pronto se detuvo en seco al ver que colgaba de la esquina de un edificio moderno un anuncio con luces de neón rojas: —Dr. Humberto Pando. Medicina General—.

—¡Ajá, con que eres doctor, eh! —Dijo en voz alta y fuerte. E inmediatamente entró a la pequeña sala de recepción donde fue atendido por una señorita muy bonita y muy atenta.

—¿Puedo ayudarle en algo? —Dijo la recepcionista.

Armando vacila un poco, por la emoción: —Pues…si…este…quisiera ver al doctor Pando.

—¿Consulta médica? —dijo la hermosa recepcionista.

—Mmmm… pues…algo así, nomás dígale que Armando lo quiere ver.

La recepcionista entró en la oficina del doctor y le dijo: —Papá, hay un señor que se llama Armando, y quiere verte.

—Pues pásalo, que caray, a ver quién es.

Humberto estaba en su escritorio revisando algunos documentos y sin mirar a Armando, dijo: —Siéntese por favor, ahorita lo atiendo.

Armando a duras penas podía resistir los deseos de brincar el escritorio y abrazar a su querido amigo, pero se contuvo y esperó hasta que el doctor levantó la vista, y, evidentemente no lo reconoció a primera vista porque preguntó:

—¿En qué puedo servirle?

—Nada más vengo a que me pagues los diez dólares que me debes, —dijo Armando mirándolo fijamente a los ojos.

Humberto se bajó los lentes hasta la punta de la nariz para verlo mejor, y entonces llegó de golpe el recuerdo de aquel baile, y sin decir palabras, ambos se levantaron de sus asientos para darse un fuerte abrazo no sin derramar algunas lágrimas.

—Vivo en San Francisco, —dijo Armando, —y vine a visitar mi tierra por última vez… por esto. —Y le dio un sobre que Humberto abrió lentamente, y a medida que iba leyendo, también la expresión de su rostro iba cambiando. Lo miró fijamente a los ojos y con tristeza y preocupación le preguntó:

—¿Cuánto tiempo te queda?

La repuesta de Armando mostró firmeza y resignación, —unos dos o tres meses, quizá menos, quizá más; pero, dejemos eso, y háblame de los amigos, lo único que te pido es que no les digas lo que me pasa.

La conversación se prolongó por algunos minutos hasta que Armando preguntó con vehemencia:

—¡¿Y Graciela, aún vive?! Dame razón de ella.

Humberto sonrió socarronamente, y le indicó cómo localizarla: —Al lado norte de la plaza hay un negocio de artículos para decorar la casa, ella es la dueña, ahí la encuentras, y para tu información; es viuda.

Armando ni tardo ni perezoso, dijo: —Voy para allá, después hablamos. Y con paso ligero llegó al negocio de Graciela, entró y la vio en su escritorio en medio de una conversación telefónica. No la interrumpió y se puso a observar los cuadros de ornamento colgados en las paredes. Al terminar la conversación, Graciela se levantó del escritorio y se dirigió hacia a él:

—¿Hay alguno que le guste? Dijo con mucha amabilidad.

Armando sin voltear a verla, dijo: —Es cuestión de vida o muerte, tienes que bailar conmigo aunque sea una pieza, te prometo que no te voy a pisar.

El grito de emoción se escuchó por toda la plaza y se estrecharon en un tierno abrazo que duró largos minutos, emocionados hasta las lágrimas. Por la tarde se encontraron en la plaza y sentados en una banca, conversaron largamente, como solían hacerlo cuando eran jóvenes. Hablaron de todo, a veces reían y a veces lloraban. Armando le dijo que era maestro en una universidad en San Francisco, y que se había casado, y que tenía una hija y un hijo.

—A mi hija no la veo con frecuencia, pero nos comunicamos por teléfono casi cada semana, ella vive en Boston. A mi hijo lo veo más frecuentemente, también vive en San Francisco y anda en eso de la televisión y el cine. Hace siete años que me divorcié de mi esposa. Y a ti, ¿cómo te ha ido, qué es de tu vida?

—Yo también me casé, —dijo Graciela, —y tuve dos hijos, los dos son abogados; el mayor vive en la capital, el menor ejerce aquí mismo en La Perla, por ahí tiene su despacho. Mi esposo murió hace cuatro años y sigo manejando el negocio que fue de los dos. Fue un buen hombre, lo amé mucho.

La estancia de Armando en la ciudad se prolongó por algunos días; días que aprovecharon para pasarla juntos especialmente en aquella placita que tanto les gustaba; charlando de mil y tantas cosas, haciendo recuerdos de la juventud, riendo y haciéndose bromas como si fueran jóvenes. En un momento dado, Graciela le pregunta:

—¿Te pagó Humberto los diez dólares de la apuesta?

Y Armando sorprendido: —¿Cómo, tú sabías lo de la apuesta? ¿Humberto te lo dijo?

—Yo fui la de la idea, —dijo emocionada, —fue un esfuerzo que hice para que te animaras a acercarte a mí.

—Caray, pero qué torpe fui, debí imaginarlo —dijo Armando emocionado también.

La última noche que estuvieron juntos en la plaza, Armando la acompañó a su casa, le dijo buenas noches pero no le dijo que regresaba a San Francisco el día siguiente. Esa misma noche y por teléfono, se despidió de Humberto. Un taxi lo transportó a la Central de Autobuses, y… ¡Oh! sorpresa, ahí estaba Graciela.

—Además… de… decirte que… me voy ahora…qué más…te dijo Humberto. —Dijo Armando evidentemente nervioso.

Ella lo miró fijamente a los ojos sin decir nada por largo rato haciendo un esfuerzo casi sobrehumano por no llorar: El momento era tenso; se miraban con mucha intensidad; no cruzaban palabras; pero, Armando, por alguna razón, se dio cuenta que Graciela estaba enterada de su cáncer, pero no hizo comentario alguno y se quedó callado.

Graciela rompió el silencio y en voz baja le dijo: —Te traje un regalo, prométeme que no lo abrirás hasta que estés en tu casa.

En eso anunciaron la salida del autobús. Ella hizo un movimiento como para darle un abrazo de despedida, pero él la detuvo con un gesto, se dio media vuelta sin decir nada, y se dirigió hacia el autobus que debía abordar. Caminó unos pasos… luego se detuvo por unos instantes… dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, y fue entonces que se despidieron con un abrazo largo y tierno, conscientes de que ya nunca jamás se volverían a ver.

Cuando Armando llegó a su casa, abrió el paquete que contenía el regalo. Era el disco de “El Vals sobre las Olas” que le había regalado hacía cuarenta años con una nota que decía: —Gracias por volverme a la vida por estos cortos días—.

Armando murió no mucho tiempo después, vencido por el cáncer.

 

 

 

 

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