El Resucitado

(Primer cuento de tres sobre brujas y brujerías) 

—La noche es obscura, como boca de lobo, —dijo Melquíades en una de tantas noches en que se juntaban aquellos cuatro para conversar. Casi invariablemente las conversaciones versaban sobre cosas “del más allá”: de aparecidos, de embrujados y de fantasmas. Había por ahí un chamaco de unos diez once años que le fascinaba escuchar tales relatos aun cuando éstos le causaban algo de miedo y a veces hasta terror. De manera que no fueron pocas las noches en las que no podía conciliar el sueño. Lo fascinante del asunto es que estos relatos ocurrían siempre de noche, seguramente porque era cuando los adultos tenían más tiempo para conversar, seguramente era por eso. Sin embargo; aquel chamaco pensaba que aquella clase de relatos de misterio, de brujas y de hechizados, necesariamente deben ser contados de noche para que el efecto fuera mejor; y entre más obscura la noche, mejor.

Melquíades, don Chon, Calixto y Beto, eran los vecinos que regularmente se juntaban en el patio de cualquiera de las casas donde vivían. Por lo pronto la plática versaba sobre cosas sin importancia, pero aquel niño sabía que la conversación se pondría interesante cuando las mujeres se unieran al grupo, cosa que sucedía tan pronto como terminaban de lavar los trastos de la cena. En previo acuerdo, una de ellas, ya fuera Lola, o Minga, o Paz, —Melquíades era viudo— salía con una jarra de limonada, y entonces el niño, como no queriendo, sigilosamente se acercaba al grupo, sin hacer ruido, escondiéndose donde podía, siempre procurando estar lo más cerca posible del grupo por aquello de que su mamá no le permitía escuchar “las conversaciones de los adultos.”

Melquíades, aparte de ser de una estatura descomunal, muy muy superior a los otros tres, tenía un carácter muy agradable. Iba por la vida con una media sonrisa en los labios. Media sonrisa porque era evidente que le estorbaba aquel pedazo de tubo de bolígrafo que él mismo había confeccionado a manera de pipa de fumar, y aunque no fumaba, decía que el hecho de llevar aquella pipa en sus labios con un cigarrillo sin encender, le daba según él, cierta elegancia. Melquíades, —al igual que los otros tres—, tenía una habilidad extraordinaria para contar cuentos y anécdotas. Era además un poco más comunicativo que los otros tres. Esto era evidente porque lo mismo conversaba con un adulto, con un joven o con un niño. A simple vista parecía ser un hombre feliz. Sin embargo; aquel niño sabía que aquella sonrisa contagiosa, aquel caminar animoso, aquella intención casi vehemente de entablar conversación con cualquiera que se le pusiera enfrente, era una máscara, una careta. De esa manera Melquíades escondía su gran soledad, su gran tristeza. Aquel niño vio muchas veces su rostro bañado en lágrimas, sentado a la orilla de aquel viejo camastro, cabizbajo, aparentemente vencido, y profiriendo frases ininteligibles entre sollozos…—¿Por qué te fuiste Julianita? —Decía entre dolorosos y tristes gemidos.

Melquíades era propietario de un pedazo de tierra que estaba junto al río donde sembraba toda clase de vegetales comestibles como frijol, maíz, chile, tomate, melones, y sandías. En los días de verano era muy común verlo por las calles del pueblo en su carretón tirado por “el paisano”, un burro grande de color entre blanco y gris que más bien parecía mula, vendiendo los productos de su hortaliza.

—La noche es obscura, como boca de lobo, —dijo con voz intencionalmente grave, como para dejar ver lo increíble del cuento que se proponía relatar. El chamaco que gustaba de oír las conversaciones de los adultos, presuroso y sin hacer ruido, se escondió detrás del tanque de doscientos litros que Minga mantenía lleno de agua junto a la noria.

—Chepe murió a media labor, —continuó Melquíades, —trabajando bajo aquel intenso sol que era apenas soportable. Ya le habían dicho que fuera a ver al doctor, pero no hizo caso, decía que su mal no era cosa de “dotores”, que ya estaba en manos de la curandera. Decía que la curandera le había dicho que su embrujo era muy fuerte, que la mujer que le puso el mal era una bruja muy poderosa que vivía en las sierras de Oaxaca. Imagínense nomás, Chepe ni siquiera sabía que existía un lugar llamado Oaxaca, y mucho menos qué tan lejos estaba. El caso es que Chepe se fue enfermando poco a poco. Y de ser un hombre muy alegre y platicador, pasó a ser un hombre triste, callado, y físicamente muy débil. Se la veía ojeroso y pálido; comía muy poco y su andar por entre los surcos de la labor era lento y desganado. Así estuvo hasta que cayó a media labor como fulminado por un rayo. Muchas fueron las ocasiones en que   el dueño del rancho trató de persuadirlo de que fuera con el doctor. —yo pago todos los gastos, —le decía, pero Chepe siempre se negó.

En esta parte del relato, Melquíades, con su vista fija en el estrellado cielo, guardó silencio por espacio de algunos segundos que a aquel niño le parecieron eternos. Luego, con voz, que más bien parecía un susurro, continuó:

—Con madera vieja confeccionaron un burdo cajón de muerto, envolvieron el cuerpo en una colcha vieja que más bien parecía sudadero de caballo, y ceremoniosamente y con mucho respeto, lo metieron en aquel féretro, porque como dijeron los compañeros de Chepe: —Como es que le vamos a llevar a Serafina a su esposo muerto nada más así, como si fuera un perro muerto—. Ya estaba oscuro cuando subieron el cajón en la destartalada troca del rancho que estaba destinada para uso exclusivo de los trabajadores. El capataz del rancho, hombre de carácter fuerte y con madera de líder, era el único que sabía manejar y quiso que no, se vio obligado a manejar el mueble hasta el jacal donde vivía Chepe con su familia. Por si las dudas, y porque le daba un poco de miedo, se hizo acompañar por uno de los trabajadores.

El trayecto hasta el jacal de Chepe era de unos cinco kilómetros por entre mezquitales, hierbas y arbustos de toda índole. El camino estaba casi imposible de transitar, lleno de baches, de zanjas y piedras, de manera que el avance era lento y desesperante. Con frecuencia tenían que bajarse a quitar grandes piedras o ramas atravesadas en aquella vereda. En una de esas paradas y cuando más concentrados estaban en limpiar el camino, los sorprendió una serie de estridentes carcajadas provenientes de un montón de lechuzas que estaban entre los mezquites. Aquellos dos suspendieron su labor de limpieza paralizados por el terror.

—So…so…son la…las bru…bru…brujas, —dijo el trabajador empapado de sudor y temblando de miedo. El capataz enmudecido también por el miedo, tenía la vista fija en el camino hacia donde la tenue luz de los faroles alumbraba, mirando con insistencia en la penumbra de la noche dos ojos que brillan con un color rojizo.

—E…e…s  e…e…l  dia…dia…diablo, —dijo el capataz.

El capataz y el trabajador se quedaron totalmente paralizados de terror, sentían la boca seca y amarga, como si hubieran tomado copalquín; y para colmo de la situación, de la parte de atrás de la troca, surgió un pavoroso y lastimero quejido:

—¡¡Sáquenme de aquiiií!

Con los pelos parados de punta, y sacando fuerzas de la flaqueza, aquellos dos hombres huyeron despavoridos rumbo a la casa de Chepe. En la casa de Chepe ya había algunas gentes esperando la llegada del muerto, de manera que la sorpresa fue muy grande cuando vieron a aquellos dos con el rostro descompuesto, los ojos desmesuradamente abiertos, pálidos, mojados en los pantalones, y mudos además. Serafina les preparó unos buenos tazones de agua endulzada con piloncillo para bajarles el susto. El agua endulzada poco a poco hizo su efecto y entonces pudieron contar lo que les había sucedido. El capataz dijo que ahora sí creía que Chepe estaba muy embrujado; que se les apareció el diablo en forma de perro; que las brujas convertidas en lechuzas se reían y se carcajeaban de ellos y no les permitieron traer a Chepe hasta su casa. El sol estaba por salir cuando algunos hombres se llenaron de valor y decidieron ir a ver que había sido del muerto. Al poco andar divisaron la troca, con miedo se acercaron despacio, con mucho cuidado. Un perro negro, flaco y huesudo dormía placenteramente debajo de la troca. Se levantó algo molesto por la presencia de los hombres, y se perdió por entre los mezquites. Las lechuzas, siendo que son aves nocturnas, seguramente estaban ya en sus madrigueras, muy quietas, sin proferir esos ruidos que parecen carcajadas de mujer. Chepe estaba sentado sobre el cajón muy triste y muy cansado por el esfuerzo hecho al desclavar el ataúd a punta de patadas. Para colmo de males, el motor de la troca se negó a funcionar.

—Seguramente fueron las brujas de anoche las que descompusieron la máquina, —dijo el compañero del capataz. Fue pues necesario cargar a Chepe hasta su jacal, y lo acostaron en su pobre pero limpia cama. Alguien fue y trajo al doctor quien tan solo al verlo diagnosticó debilidad extrema y cansancio.

—Te dio un letargo, —le dijo el doctor a Chepe, —todo lo que tienes que hacer es alimentarte bien y olvidarte de brujas y brujerías, eso es puro cuento chino.

De ahí en adelante, a Chepe le cambiaron el apodo y pasó a ser El Resucitado.

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