Lolita y Chico

Necesitaban un buen motivo para salir

de las garras del alcohol, y lo encontraron.

Lolita y Chico, por motivos diferentes, navegaban a la deriva en el tumultuoso mar del alcoholismo.

     Se llamaba Dolores pero de cariño le decía Lolita. —¡Caramba, pero qué bonita era Lolita!— Su belleza física provocaba que todo mundo volteara a verla cuando caminaba por la calle. Sus ojos color miel tenían una mirada arrobadora. Su sonrisa perenne era encantadora y hacía que hasta el más triste sonriera también. Aunado a su belleza física estaban su carácter afable, su amabilidad y su gran ineligencia. De niña en la escuela primaria y en la secundaria siempre ocupó el primer lugar en todas las materias. Su afición a la lectura hacía que su vocabulario fuera bastante amplio, y era por eso que se le facilitaba entender todo lo que los maestros enseñaban. Todo hacía suponer que su futuro estaba asegurado.

     Lolita era hija única de un matrimonio modesto, no en la riqueza pero tampoco en la indigencia. Su padre, hombre honesto y responsable, trabajaba de ayudante en la construcción, de manera que las entradas económicas eran apenas suficientes para sufragar las necesidades más imperiosas del hogar. Fue por eso que Lolita, con apenas dieciséis años de edad, no pudo continuar sus estudios superiores y le fue necesario conseguir un empleo para ayudar en la economía familiar y al mismo tiempo, cubrir las necesidades propias de una jovencita que ha dejado de ser niña. Sin mucha dificultad consiguió trabajo en la tienda de abarrotes más grande del pueblo. Nunca imaginó Lolita que aquel empleo sería el principio de su vertiginosa caída en el mar del alcoholismo. ¡¡Cómo imaginarlo!!

     Fue allí donde conoció a Fernando: joven algo introvertido, atlético, deportista, sin vicios y no mal parecido. Después de un tiempo razonable de feliz noviazgo, se casaron. —Lolita de dieciocho y él de veinte—. La felicidad llegó a su máxima expresión cuando al año de casados tuvieron un hijo a quien nombraron Fernando, (Nandito) y hubo gran celebración entre las dos familias. Cuatro añitos tenía Nandito cuando ocurrió la desgracia: Un buen día, o mejor dicho, un mal día, Fernando venía de la capital del estado manejando el camión grande del negocio cargado hasta el tope con mercancía. Una falla mecánica en el sistema de dirección hizo que Fernando perdiera el control del camión, y en una curva se salió de la carretera. El vehículo dio varias vueltas por entre los peñascos y la maleza. Fernando murió instantáneamente. El golpe emocional para Lolita fue extremadamente fuerte: de ser la mujer joven más feliz del mundo, pasó ser, de un día para otro, la mujer más infeliz del mundo, y se hundió en una tristeza indecible. Cayó en una depresión tan profunda que por mucho tiempo no habló con nadie. Por las noches se le oía decir entre gemidos: —No es justo, no es justo, —y hablaba con alguien a quien llamaba “El Señor de las Alturas” y le pedía con insistencia que la ayudara a salir de aquel calvario. Los padres de Fernando en común acuerdo con los de Lolita, se hicieron cargo de Nandito quien al cumplir la mayoría de edad, se fue a los Estados Unidos y se convirtió en todo un profesionista.

     Desafortunadamente, Lolita, que nunca había sentido los efectos del alcohol, comenzó, aconsejada por alguna mala lengua de las que nunca faltan, a refugiarse en ese falso ambiente. Su caída fue vertiginosa: En un tiempo relativamente corto, de la Lolita que todos conocían, ya no quedaba nada. Nunca más se volvió a ocupar de su arreglo personal. Su físico sufrió un deterioro horrible, se le veía demacrada, despeinada y sucia. Cuando caminaba por la calle todos se apartaban, pues a su paso iba dejando un olor nauseabundo: olor de cuerpo sin bañar revuelto con pestilencia de cerveza y licor putrefacto. Vendía su cuerpo por míseras monedas, o por unas cuantas copas de licor a hombres que también estaban hundidos en el mar del alcoholismo.

Chico

       Chico se enlistó en el ejército mexicano a la edad de 18 años y fue soldado por un lapso de veinte años más o menos, se jubiló con una pensión ridícula de parte del gobierno, y fue entonces que paulatinamente comenzó a navegar a la deriva por el tormentoso mar del alcoholismo. ¿Su motivo? Simplemente porque físicamente era muy feo: de baja estatura —chaparrito—, de nariz chata que terminaba en punta en forma de gancho, sus ojos como de japonés, y sus labios eran tan delgados que parecían un simple corte hacho con una navaja. Su fealdad constituía un tormento constante en su vida; era un complejo de inferioridad que lo aplastaba sin misericordia. Chico era feo en toda la extención de la palabra; lo que es más, él estaba consciente de su fealdad, y eso lo acomplejaba sobremanera.

      —Quién se va a fijar en mí si soy tan feo, a nadie le gusto, y menos a las mujeres, —replicaba con tristeza cuando las conversaciones con sus amigos de farras derivaban en cuestiones de mujeres. De ser un hombre serio, el alcohol lo transformó en un payaso de carpa baja. Todo mundo sabe que lo primero que pierde un borracho es la vergüenza y la dignidad. Pero Chico tenía algo a su favor: Durante su tiempo de soldado adquirió el hábito de la lectura; de manera que por ese hecho, su lenguaje era muy amplio. Además era muy dado a declamar poesías, y hay que ver que gozaba de un repertorio más o menos amplio. No era nada raro verlo parado sobre una mesa declamando su poesía favorita: “Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver…” O, haciendo payasadas a media calle cuando algún mal-intencionado gritaba su nombre, ¡¡Chiiico García!! e inmediatamente se ponía en posición de firmes, sacaba el pecho, hacía el saludo militar y al mismo tiempo lanzaba un sonoro ¡¡preeesente!! que por efecto de su voz chillona, se escuchaba por toda la calle. Y a la voz de “paaaso redoblado,” marchaba marcando el paso con marcial donaire utilizando un palo de escoba a manera de rifle. Con frecuencia se le veía con la cara golpeada pues a la orden de, ¡¡peeecho a tieeerra…ya!! se dejaba caer sin siquiera meter las manos.

     —Si pudiera encontrar una compañera, una amiga con la que pueda platicar sin que se ría de mí, palabra que yo dejaba esta horrible vida que llevo, pero dónde voy a encontrar una mujer que no le repugne mi fealdad, dónde, —se quejaba por las noches, entre lastimeros y apenas audibles sollozos dentro de aquel sucio y maloliente cuartucho en que vivía, y llorando se quedaba dormido. Una mañana muy temprano se despertó temblando, su cuerpo le exigía con urgencia un trago de alcohol; de modo que caminado lo más aprisa que pudo, se dirigió a aquel antro de vicio al que era asiduo. El cantinero hacía las labores de limpieza trapeando el piso con aceite de pino en un esfuerzo por eliminar los malos olores que dejan cada noche los borrachos.

     —¡¡Negros y densos nubarrones amenazan con destruir mi ya muy precaria existencia!! —Dijo Chico con voz fuerte al penetrar en el local, e inmediatamente ordenó, con carácter de urgencia, un doble de “soyate”, (sotol mezclado con soda) porque según él, la cruda lo traía por la calle de la amargura. Un gemido lastimero hizo que Chico se diera cuenta de que no era, en aquel momento, el único cliente; en la mesa del rincón donde por las tardes se jugaba dominó, estaba Lolita, también sufriendo los efectos de la cruda; por breves momentos se quedaron viendo el uno al otro. La mirada de Lolita evidenciaba desesperación y angustia, como pidiendo a gritos un poco de aquel elixir que estaba segura calmaría su ansiedad. La mirada de Chico era de infinita compasión. De manera que pidió otro doble, lentamente se acercó a Lolita y con voz temblorosa por el temor a ser rechazado, le ofreció el vaso pletórico de “soyate”. Lolita con manos temblorosas se tomó medio vaso de un solo golpe, y limpiándose la boca con el dorso de la mano, murmuró un “gracias Chico”.

     —¿Me puedo sentar? —Preguntó Chico a media voz.

     Lolita lo miró fijo a los ojos con una mirada llena de infinita tristeza, mirada que Chico interpretó como un “sí”. Y fue en aquel maloliente rincón donde se produjo el cambio, algo en lo profundo de sus nebulosas mentes les dijo que se necesitaban el uno al otro para rehacer sus vidas; por largos minutos no hubo intercambio de palabras, simplemente se miraban intensamente con la mejillas húmedas por causa de las lágrimas que fluían a raudales; sin embargo, el licor barato pronto hizo se efecto y comenzaron a conversar: Hablaron de sus vidas, del por qué de sus desgracias, de Fernando y de Nandito, y, claro, también de lo feo que era Chico. —Feo por fuera, —dijo Lolita, —por dentro eres muy bonito. Hubo momentos en que derramaron lágrimas, pero también hubo sonrisas y hasta risas, como si hubieran sido camaradas de toda la vida. Y fue ahí donde se pusieron de acuerdo para salir del tormentoso mar en que se encontraban.

     La cantina pronto se llenó de clientes y ya no fue posible continuar conversando tan íntimamente, así que decidieron salir del local, y por primera vez en su vida, Chico se vio a sí mismo caminando por la calle con una mujer. Se fueron a la placita del pueblo y ahí sentados en una banca, conversaron hasta ya entrada la noche.

     —Mira Lolita, antes de acompañarte a tu casa, te quiero decir algo que a mí me parece muy importante. Para salir de esta triste situación, necesitamos ayudarnos mutuamente, pero sobretodo, necesitamos la ayuda del Divino Poder, así le llamo yo a Dios, así que, esta misma noche, cuando te acuestes, habla con Él, pídele que te depeje el camino, yo haré lo mismo.

     —El Señor de Las Alturas le llamo yo, —dijo Lolita.

     La noticia de que Lolita y Chico se iban a casar corrió como reguero de pólvora por todo el pueblo. Las gentes los saludaban con cariño y admiración al verlos pasar por la calle tomados de la mano. El dueño de la tienda de abarrotes donde de joven trabajó Lolita, le regaló un vestido muy bonito para el casamiento, y a Chico le compró un traje hecho a la medida. El día de la boda fue todo un acontecimiento. La felicidad de Lolita llegó al máximo cuando sin saberlo ella, Nandito se presentó a la boda muy bien trajeado, el abrazo que se dieron fue indescriptible, ambos lloraron de alegría. Nandito, al saludar a Chico con un fuerte abrazo, le dijo con voz fuerte:

     —¡¡Con ese traje, palabra que está usted bien guapo!!

     Los padres de Lolita, ya vejitos, los invitaron a vivir con ellos, y por cinco años fueron muy felices. Desafortunadamente el alcohol ya había hecho estragos irreparables en el organismo de los dos. Chico murió de cirrosis hepática y Lolita, cinco días después de que murió Chico, también murió de lo mismo y de tristeza además.

 

 

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