PUM PUM, TAC

      La gran maleta que venía cargando desde la estación del ferrocarril estaba algo pesada, al menos eso parecía porque aquel hombre caminaba con dificultad encorbando el cuerpo hacia delante. Un gran pañuelo rojo con floresitas blancas que llevaba enredado en cuello le servía para limpiarse con bastante frecuencia el sudor que bañaba su rostro. Su respiración era muy agitada, jadeaba audiblemente y parecía que en cualquier momento se iría de bruces.

     La maleta era un pedazo de manta como del tamaño de una cubrecama, un poco más grande quizá, en la que acomodaba muy ordenadamente toda su mercancía: Cualquier contidad de telas de todas clases y colores, camisas y pantalones, carretes de hilo, agujas, estambre, relojes corrientes, etc. etc. Luego ataba las esquinas de manera cruzada y se la colgaba al hombro.

     Dijo llamarse Simón, Simón Mora. Su procedencia del sur de México era obvia: calzaba huaraches sin calcetines; las camisas que usaba eran holgadas, de tela corriente, manta quizá; sus pantalones también eran holgados de mezclilla con pechera y tirantes; portaba un sombrero de ala ancha de enequén con el barbiquejo siempre colgando en la espalda excepto cuando el viento soplaba con fuerza. Su aspecto era recio: de cara ancha, boca grande, bigote muy poblado y negro, sin arreglar; sus ojos también grandes y muy negros, y su manera de mirar firme, mostraba una gran determinación. Su lenguaje era más o menos amplio, con demasiada frecuencia “adornado” con muchas erres y haches, y eso le permitía entablar conversación con personas de cualquier esfera social. Se decía que su conversación era muy completa. Era todo un anchetero.

     Estratégicamente puso su tenderete en la plaza, exactamente enfrente de la iglesia; de esa manera, antes de empezar a trabajar con mucho ahínco; se hincaba, se persignaba, y rezaba una corta oración sin tener que entrar al templo. Fue necesario pagar una módica cuota de piso que a él le pareció exagerada, y desde el primer día, proclamó a los cuatro vientos que puesto que por ahí había oído decir que no hay profeta con honra en su propia tierra, decidió emigrar hacia el norte, pero no con la intención de cruzar el río porque para él los gringos eran unos “aquí y unos allá”. Que sus intenciones eran progresar y hacerse rico. Y lo logró; en un tiempo relativamente corto, insataló su negocio de miselanea en el mero centro de la ciudad: “LA SIERRA MOJADA”. Se cazó con Dionisia, mujer regordeta que trabajaba de mesera en “EL TRAGADERO”, restaurante contiguo a su negocio. Tuvieron un hijo nada más, al que llamaron Simón, Simón chico, claro. Desde que nació Simón chico, Simón grande le dijo: “usté será contador para que maneje el negocio cuando yo llegue a la vejez, pos que caray”. Y así fue. Con el correr de los años su negocio creció y se modernizó al grado de que ahora ocupaba tres empleadas para que atendieran la clientela y Simón chico se encargaba de la contabilidad. De manera que a estas alturas, Simón grande vivía como rey sin hacer nada.

     Todo indicaba que Simón grande era un hombre feliz. Se pavoneaba por la calle silvando alegremente vistiendo traje y corbata y saludando a todo el mundo. Cambió sus huaraches por zapatos de charol blancos, negros y cafés, y los usaba de manera alternativa según el color del traje. Pero Simón tenía un problema serio, al menos así lo creía él: Su corazón, de vez en cuando, le hacía: “pum pum tac, y se le saltaban los ojos como de rana”, era su manera de explicar su problema. Su médico le diagnosticó taquicardia y que se debía al sobrepeso; le dijo que de acuerdo con su estatura, —cinco pies y tres pulgadas—, debería pesar unas ciento treinta y cinco libras y no las no las ciento ochenta y pico que traía ahora. Dietas por aquí, dietas por allá, ejercicios de todas clases, caminatas diarias tempranito en la mañana, con lo que logró tumbar algunas libras, pero su problema persistía, su corazón siguía haciendo “pum pum tac, y se le saltaban los ojos como de rana”.

     Simón chico y Dionisia le rogaban que consultara otros médicos por aquello de la segunda opinión. Simón se resisistía arguyendo que su médico personal era muy amigo suyo y no quería hacerlo sentir mal al consultar otros médicos. Dionisia decidió hablar personalmente con el doctor y le pidió que convenciera a Simón a que consultara un especialista. El doctor habló seriamente con Simón y logró convencerlo: —En la capital hay muy buenos especialistas, no vaya ser que tu caso sea grave —le dijo.

     En la capital los médicos lo asustaron todo; que ya nomás un año de vida le quedaba, posiblemente año y medio etc, etc. Simón regresó a su casa tristísimo, le comentó a su doctor lo que le dijeron, y éste le recomiendó que siendo que era rico, pues que viajara, que se fuera de vacaciones por Europa, América del Sur, en fin, por todo el mundo.

     Simón decidió viajar acompañado de su esposa, pero como nunca había viajado, pues no tienía ropa “de salir”, así que se fue de compras. En la tienda de ropa el empleado le preguntó por la talla de camisa que usaba, —quince, quince y medio, —dijo Simón.

     —A mí se me hace que usted usa talla 16, —le dijp el empleado, —porque fíjese que cuando yo uso una talla más chica, el corazón me hace: PUM PUM, TAC, y se me saltan los ojos como de rana. ¡¡¡¡¿¿¿¿Qué quééé????!!!!

 

 

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