Luis d’or

Cuento ficcioso.     

Le hacía honor a su nombre. Pero antes de entrar de lleno en el relato que ahora me ocupa, permítanme decir, a manera de introducción, que los luises (luis d’or) eran unas monedas francesas de oro puro que tenían un valor de veinte francos cada una. Y este Luís, al que me refiero, era un joven de puro oro, digo, esa era la opinión de todos los que lo conocieron, hasta que sucedió lo que sucedió.

Haciéndole honor a la verdad, debo decir que yo no lo conocí personalmente porque lo vi una sola vez en mi vida. Fue una tarde otoñal en que por causa de la altura sobre el nivel del mar (l, 433 metros) de la ciudad de Chihuahua, el frío ya se hacía sentir y nos obligaba a usar algún suéter o chamarra ligera. Serían, quizá, las tres de la tarde, cuando mi amigo Rubén y yo caminábamos de este a oeste por la calle Libertad. Calle céntrica y comercial, con negocios de toda índole en ambas aceras. Rubén era de Madera, Chihuahua, ciudad no muy grande, enclavada a 2,110 metros sobre el nivel del mar en la Sierra Madre Occidental. Como digo, caminábamos por la calle Libertad, Rubén y yo, nos dirigíamos a una librería ubicada muy cerca de la plaza principal donde sabíamos que servían un café muy sabroso, y se podía uno sentar a leer o a conversar tranquilamente.

Fue exactamente a la entrada de la librería donde nos encontramos a Luis; un joven de contextura atlética, bien parecido, de ojos verdes y de mirada penetrante. Rubén lo saludó con un efusivo abrazo e inmediatamente hizo la presentación correspondiente. Lo invitamos a tomar un cafecito pero respetuosamente declinó la invitación arguyendo que tenía cierto negocio relacionado con un trailer de dieciocho ruedas que debía atender con premura. Decidí, después del “gusto en conocerlo” obligado, penetrar en la librería para dejarlos conversar a sus anchas, obviamente.

La espera dentro de la librería no fue muy prolongada, diez o quince minutos quizá. Para cuando Rubén se reunió conmigo, ya estaba yo tranquilamente ubicado en aquella pequeña mesita que tenía solamente dos sillas. El vaporcito que emergía de las dos tacitas de café que previamente había ordenado, olía a gloria, y ni qué decir de aquellas dos donas que al verlas en sendos platitos, parecían un adorno de antología muy propio de aquella mesita. Dos sabrosísimas donas, sabrosas de verdad. Sin perder el tiempo, sin miramientos, y sin comentarios entre Rubén y yo, devoramos las donas gozando de aquel sabor indeciblemente. Al mismo tiempo pude notar que Rubén estaba un poco excitado, más bien, debo decir, emocionado. En aquel instante, y siendo que el pensamiento es rapidísimo, no sabía yo a qué atribuir el motivo de su emoción: si era porque se había encontrado con un amigo que hacía mucho tiempo que no veía, o porque le urgía contarme algo a cerca de Luís. Toda esa confusión pasó por mi mente de manera vertiginosa. Ni siquiera me fue necesario animarlo a que me contara la causa de su emoción; porque, antes de yo decir algo, Rubén comenzó a hablar, a relatar cosas relacionadas con aquel joven de ojos verdes y contextura atlética.

Luís Almeida nació en Ciudad Anáhuac, Chihuahua. Ciudad Anáhuac está ubicada a unos 100 kilómetros al oeste de la capital del estado. Por circunstancias del destino, o de la suerte, o de lo que sea, Luis fue hijo único porque su madre murió al nacer él. No obstante eso, su padre don Ramón, lo crió rectamente: con principios morales, con disciplina, y sobre todo, le inculcó un sentido de responsabilidad y de amor al trabajo. Luis se graduó de secundaria con muy buenas calificaciones, y por lo que Rubén me contó, él hubiera querido continuar con su educación, pero por cuestiones económicas, ya no fue posible. Don Ramón trabajaba para “Celulosa de Chihuahua” con base en Ciudad Anáhuac, y fue a través de sus influencias, que Luis fue admitido en un curso de aprendizaje para manejar trailers de 18 ruedas de la compañía. “Celulosa de Chihuahua” era un complejo industrial que estaba afiliado, según parece, a Boise Cascade Internacional de Estados Unidos con base en Idaho. Celulosa de Chihuahua tuvo su principio de operaciones en la producción de toda clase de papel en el año 1956 en Anáhuac, y continuó operando hasta que, por falta de materia prima, clausuró en 1998.

Tendría Luis 17 o 18 años de edad, cuando don Ramón lo sorprendió con una noticia:

—M’ijo, vas a entrar a la escuela de choferes de la compañía para que aprendas a manejar trailers, —le dijo don Ramón, con su típico acento de los norteños de México.

Luis recibió la noticia como si le hubieran dado un martillazo en la cabeza, es decir, se quedó desconcertado, sorprendido; porque, -¿cómo supo mi apá que ese ha sido mi sueño de toda la vida?- Desde muy niño Luis albergaba la idea de algún día llegar a ser chofer de tráiler de dieciocho ruedas; aunque, en su mente infantil, aquel sueño le parecía imposible, ahora se hacía realidad.

―¿Qué le parece la idea M’ijo, le gusta? Dijo don Ramón

―Pero por supuesto que sí Apá, ―contestó Luis muy entusiasmado, ―ese siempre ha sido mi sueño.

―Pos ya lo sé M’ijo, ―dijo don Ramón, ―aunque usté no lo crea, yo sé muchas cosas de usté, ¿apoco cree que no me doy cuenta de cómo mira las muchachas? No, no se me achicopale, está bien, eso es muy natural y normal en un joven como usted.- Luego, levantado la voz un poco, como para darle seriedad al asunto, dijo: – Pero tenga mucho cuidado, no me vaya a venir aquí con que tengo que casarme porque fulanita o sutanita está embarazada. Para casarse M’ijo, óigame lo que le digo, hay que estar preparado: En primer lugar, una buena profesión universitaria sería lo ideal; aunque, yo sé que eso no es posible; pero, qué me dice de un buen oficio; como carpintero, tornero, mecánico de autos, o, como en el caso de usted, un buen chofer de trailers. En segundo lugar, un buen trabajo es absolutamente necesario, y en tercer lugar, pos…compre o construya su propia casa, no me vaya a venir con que ‘me voy a casar apá y nos vamos a venir a vivir aquí con usté.’ No señor, eso no se lo voy a permitir, ¿me entiende M’ijo?

     El curso de manejo de trailers era algo complicado. Le tomó a Luis seis meses para aprender la teoría de cómo funcionan las trasmisiones de 12 velocidades. Hay que ver; yo ni siquiera sabía que esos tractores llevan semejantes trasmisiones: doce engranes para mover el vehículo hacia adelante, y dos para reversa. ¡Bah! Rubén, siendo que también él fue chofer de trailers, me explicó someramente lo complicado del asunto. Explicación que me entró por un oído y me salió por el otro. Lo único que se me quedó en la memoria es la fórmula física básica: P=T sobre t, es decir: Potencia igual a Trabajo sobre tiempo. Hasta la fecha no sé qué es eso.

Volviendo al relato que me ocupa. Luis, después de esos seis meses de teoría, y habiendo sido distinguido como alumno sobresaliente, pasó a la práctica de manejo. Al principio, acompañado de un chofer de experiencia, y en muy poco tiempo, y después de haber obtenido su licencia de chofer, fue empleado como tal, transformándose así, según parece, en el chofer más joven en la historia de “Celulosa de Chihuahua.”

 

Don Ramón y Luis formaban un equipo perfecto. Más que padre e hijo, parecían dos entrañables amigos que pasaban largas horas conversando, bromeando, e inclusive luchando cuerpo a cuerpo como si fueran dos chamacos. Por supuesto que cada uno tenía su propio espacio; Luis tenía muchos amigos jóvenes igual que él, y así mismo don Ramón. Los amigos de don Ramón eran hombres maduros que se juntaban de vez en cuando para jugar billar, o para ir de pesca, y claro, para conversar de cosas de viejos. Lo único que preocupaba a Luis era dejar a su padre solo mientras andaba por las carreteras de México manejando alegremente su tráiler. Era su trabajo y era bien remunerado. Muy pronto tuvo suficiente dinero para construir una bonita casa, siempre apoyado por su padre.

―Pero pos para qué quiere casa M’ijo, si ni novia tiene, ―le decía don Ramón en son de broma.

―Tranquilo Apá, tranquilo, ya saltará la liebre. Y reían alegremente.

Pero en este mundo no todo es color de rosa, muy pronto las cosas comenzaron a cambiar entre aquellos dos grandes amigos; aquella camaradería poco a poco fue disminuyendo. En la mesa, por largos minutos Luis solo miraba el plato, sin comer nada, encerrado en sus pensamientos y sin comunicar nada. Don Ramón, entristecido por la situación, solamente lo miraba, esperando que Luis, de su propia iniciativa le dijera lo que estaba pasando. Para Luis, su padre fue el mejor amigo que jamás tuvo. Eso habría de reconocerlo años más tarde, después de la tragedia que ensombreció su vida.

Uno de esos días, don Ramón, incapaz de sostener más la situación y cansado de esperar, golpeó la mesa con su puño, se puso de pie, y con voz fuerte, gritando, y evidenciando enojo y preocupación en su rostro, le dijo:

―¡¡Oiga M’ijo necesitamos hablar muy seriamente. Ya hace un buen rato que he notado un cambio en su comportamiento y he estado esperando con mucha paciencia a que usted, de su propia iniciativa, se acerque a mí y me diga la razón de ese cambio. Pero antes de que usted diga algo, déjeme le digo que yo sé lo que está pasando, y lo que es más, estoy seguro que usted sabe que estoy enterado de la razón de ese cambio, y desde ya, le digo que usted, mi querido hijo, está equivocando el rumbo. Esa muchacha, definitivamente no le conviene!!

Y era cierto, don Ramón tenía toda la razón del mundo.

La muchacha en quien Luis puso sus ojos para formar un hogar, se llamaba Águeda y la apodaban “La Gitanita”, y también le hacía honor, no a su nombre, sino, a su sobrenombre: Muchacha bonita, de grácil figura y de ojos verde claro. Tenía obsesión por vestir a lo cordobés, (de ahí el sobrenombre) con pantalones negros, o de color azul obscuro, o rojos, ajustados de manera que delinearan su figura. Tenía toda una colección de sombreros cordobeses de todos colores de fieltro fino. ―El sombrero cordobés es de ala ancha plana y de copa cilíndrica―. “La gitanita” era una experta en lo que tiene que ver con la combinación de los sombreros con el resto del vestuario. Sin duda, Águeda era muy bonita físicamente y ella lo sabía, pero tenía dos defectos: era demasiado caprichosa y coqueta. Fue hija única al igual que Luis pero a diferencia de don Ramón, sus padres la criaron demasiado consentida, le cumplían todos sus caprichos prodigándole todo lo que pedía. Nunca le enseñaron a ganarse las cosas, nunca le enseñaron que en este mundo nada es gratis. Sobre todo, y lo más importante, nunca le enseñaron los valores morales. Externamente Águeda era muy bonita, pero interiormente era fea hasta decir basta. Todo mundo sabía eso, inclusive Luis, de ahí la decepción de don Ramón y de las gentes que conocían a Luis.

―Mire M’ijo, déjeme le digo algo más, ―dijo don Ramón con su peculiar acento norteño, ―usté sabe que yo lo quiero mucho y que deseo lo mejor para usté en este mundo. No es cosa de que yo me quiera meter en sus asuntos personales, no quiero que piense que soy un entremetido, pero usté es M’ijo y a mí me importa mucho todo lo que a usté le pasa; en otras palabras, a mí me afecta mucho lo que usté anda haciendo, me afecta mucho porque me pone muy triste y muy preocupado. A mí no me importa la vida de los demás siempre y cuando no se metan conmigo pero en este caso, esa muchacha está destruyendo nuestras vidas aun antes de que usté se case con ella, y es por eso que respingo; a las claras se ve que usté me considera un entremetido, y eso, pos… duele… y mucho. ¿A poco usté no sabe la fama que corre esa “gitanita”? Usté sabe perfectamente que la fama que esa muchacha tiene no es por ser buena persona. A mi modo de ver las cosas M’ijo, usté no está enamorado, usté está fascinado, usté está encantado por la belleza de esa muchacha. Una cara bonita no hace de una mujer una verdadera mujer y lo mismo sucede con el hombre. Desde que su madre murió, me prometí hacer de usted un hombre de verdad, y creo que lo logré M’ijo. Para mí, usté es un buen hombre, y merece una buena mujer como compañera. Creo que merezco una explicación. Dígame que es lo que está pasando. No me haga pensar que toda la educación, todos los consejos y todas las instrucciones que le he dado por tantos años han caído en un saco roto. Hábleme M’ijo, dígame, platiquemos como siempre lo hemos hecho, ¿Pos qué no ve que me está llevando la fregada por dentro?

Luis, con su cara bañada en lágrimas, no acertaba qué decir; un tumulto de sentimientos encontrados laceraba su cerebro despiadadamente. Él sabía que su padre tenía razón. Pero no tenía argumentos suficientemente convincentes para persuadirlo de que al menos, en esta ocasión, él estaba equivocado. Y con voz entrecortada y con mucho respeto dijo:

―Mire apá, quiero que sepa que yo estoy consciente de su preocupación, también estoy consciente de fallé al no acercarme a usted para ponerlo al tanto de mi relación con Águeda. Sinceramente apá… le… ruego que me perdone. Águeda y yo hemos sostenido algunas conversaciones en las que usted está incluido, y hemos discutido la posibilidad de que usted no aceptaría nuestra relación por razones obvias; lo que más, ella con lágrimas en sus ojos me ha dicho que ya está hastiada de esa vida loca que lleva. Me ha dicho también que tiene un gran respeto por usted, y que está dispuesta a ganarse su cariño a costa de lo que sea. Ella dice que usted es un hombre de honor, un hombre digno que merece todo el respeto del mundo. Águeda y yo apá, estamos profundamente enamorados y hemos decidido casarnos. Yo creo firmemente que el amor hace milagros. Yo estoy seguro que Águeda ha cambiado. Dentro de no mucho tiempo, usted, apá, me va a dar la razón. Apá…quiero… pedirle… con todo respeto, que vaya a la casa de Águeda, y pida su mano para podernos casar.

―¡Cuando…usted…diga…mi…querido hijo, ―dijo don Ramón con voz ahogada, se dio media vuelta y salió de la casa.

Don Ramón no se convenció del supuesto cambio de “La Gitanita”. Y con todo el dolor de su alma, se hizo acompañar por el presidente de la compañía para pedir la mano de Águeda. Los padres de “La Gitanita” dieron el sí sin ninguna muestra de alegría o de felicidad. También ellos dudaban de que aquella unión fuera el principio de una felicidad duradera para Luis y para Águeda. Al menos en una oportunidad, la madre de Águeda, le hizo saber a Luis su aprehensión.

Luisito, ―le dijo con mucho amabilidad, ―Águeda no lo va a hacer feliz. Le digo esto porque usted es un joven muy bueno, ella no lo merece, ella es muy caprichosa, muy voluntariosa, y sobre todo, muy terca. Y todo por mi culpa. Lo siento tanto.

―No se preocupe señora, ―dijo Luis, ―yo voy a hacer que cambie, ya lo verá, como le dije a mi papá, “el amor hace milagros.”

El padre de Águeda también le advirtió a Luis de su gran error diciendo:

―Mire Luis, yo sé que el amor hace milagros como usted dice, pero también sé que “el amor es ciego” y con todo el respeto que usted se merece, déjeme le digo; usted está ciego. El gran error de mi vida fue el haber malcriado a Águeda. Ella no lo va a hacer feliz, dispénseme que se lo diga.

También, al igual que don Ramón, tenía toda la razón del mundo.

“La Gitanita” no quiso saber nada de los preparativos de la boda e irresponsablemente le ordenó a su mamá que se hiciera cargo de todo. Arrogantemente exigió una boda suntuosa sin importarle un comino el exagerado gasto económico.

―Quiero algo nunca visto en Anáhuac.

Acompañada de su madre viajó a la capital del estado y escogió un vestido de novia exageradamente caro de corte español pero sin velo.

―¿Cómo es que no vas a llevar velo? ―Dijo la mamá sorprendida, ―un vestido de novia sin velo rompe la tradición; el vestido de novia con todo y velo simboliza virtud, honorabilidad, y decencia. Nos estás poniendo en vergüenza. ¡Es increíble lo que estás haciendo!

―¡¡A mí no me importa!! ―gritó “La Gitanita” ¡¡Voy a llevar un sombrero cordobés, ya lo tengo!!

El sombrero cordobés era de color blanco chillante con una banda rojo chillante enredada en la copa y colgando por un lado.

Mientras tanto Luis viajaba por las carreteras de México transportando los productos de Celulosa de Chihuahua: papel para escribir, papel higiénico, papel para envoltura, cartón, etc. etc. Su máximo placer era manejar su tráiler por las peligrosas carreteras de la Sierra Madre Occidental. La adrenalina le subía a torrentes especialmente en “El Espinazo del Diablo” que está en la carretera 40 que une la ciudad de Durango con Mazatlán, Sinaloa. Luis soñaba el día en que pudiera llevar a Águeda por esos lugares que ofrecen espectáculos maravillosos, gigantescas barrancas a ambos lados del camino, espectaculares montañas y profundos desfiladeros que parecen cortados con cuchillo.

Mientras que Luis iba alegremente manejando su tráiler por las carreteras de México acariciando su sueño de que ya pronto podría mostrarle a “La Gitanita” los maravillosos paisajes que ofrece La Sierra Madre Occidental, su padre era preso de una profunda depresión: Ya no era el hombre que caminaba por las calles erguido, con la frente en alto, y saludando a todo el mundo. Hacía su trabajo en la compañía con la eficacia de siempre pero muy callado; ya no hablaba con sus compañeros excepto en lo que era absolutamente necesario. Dejó de ser el hombre alegre y dicharachero que a todos hacía reír con sus chistes. Ya no el hombre que por su experiencia, siempre estaba dispuesto a dar instrucciones de cómo hacer tal o cual trabajo. Por las noches, solo en su recámara, conversaba consigo mismo y se preguntaba; qué hice mal, cuál fue mi error.

―No hubo error, ―alguna vez le dijo uno de sus viejos amigos, ―“cuando los pájaros crecen, vuelan y se van del nido.”

Cuando Luis regresaba de alguno de sus viajes, ahí estaba don Ramón esperándolo con ansia, haciendo un gran esfuerzo para no evidenciar su sufrimiento y hablaba con él como si nada estuviera pasando. Las bromas desaparecieron por completo; ya no más chistes; ya no más camaradería; ya no más risas; ya no más palmadas en la espalda; ya no más luchas cuerpo a cuerpo como si fueran dos adolescentes.

―Todo va a volver a la normalidad cuando él vea que Águeda realmente es una buena mujer, ―pensaba Luis. Pero ni siquiera el hecho de que “La Gitanita” no le sabía dar razón de cómo iban los preparativos para la boda, le hacía abrir los ojos.

―Pregúntale a mi mamá, ―decía, ―ella se está encargando de todo. Tampoco le dijo nada del vestido de novia y del sombrero cordobés. ―Le daré una sorpresa, ―pensaba “La Gitanita”.

 

El Mariachi Dorados de Chihuahua, (el mejor del estado) y un grupo de rock and roll fueron contratados para amenizar la boda; claro, “La Gitanita” exigía lo mejor sin importarle el aspecto económico. Los padres de Águeda, don Ramón, y en mayor proporción Luis, corrieron con todos los gastos, gastos exagerados y desmedidos, tanto para los padres de ella como para don Ramón; más no así para Luis que en su ceguera, estaba dispuesto a complacerla en todo.

El día que “La Gitanita” entró en la iglesia del brazo de su padre un ¡aaah! retumbó por todas las paredes del templo. Sin duda, ella tomó aquella exclamación como señal de aprobación puesto que se sonrió y se cantoneaba. No podía estar más equivocada porque aquel ¡aaah! fue de desaprobación cuando menos para la mayor parte de los asistentes. Aquel hombre llevó del brazo a su hija, su hermosísima hija, la más bella del pueblo quizá, pero lejos de sentirse orgulloso, sentía tristeza y vergüenza. Don Ramón al verla, agachó la cabeza, se sentó, y así permaneció por el resto de la ceremonia. Aun el sacerdote no pudo evitar un gesto de desagrado al verla vestida de aquella manera.

Había un contraste muy evidente entre los invitados de la novia, y los invitados del novio: Las edecanes de la novia eran muchachas frívolas igual que ella; vestían en ese momento y por capricho de “La Gitanita”, a lo cordobés: todas de negro, con pantalones muy ajustados y adornados con cinturones de seda color rojo chillante y con sombreros negros adornados con cintas rojas también. En cambio los acompañantes de Luis iban vestidos con smokings negros, con toda propiedad, y muy elegantes. Luis llevaba un smoking blanco con una rosa roja en el ojal.

La distancia entre el amor y el odio, es solo un paso.

Luis no podía creer lo que sus ojos estaban viendo al ver a “La Gitanita” venir por el pasillo del brazo de su padre; se quedó anonadado, apabullado, y avergonzado. El padre de Águeda se la entregó sin decir nada, simplemente ahí la dejó, y fue y sentó con su esposa que lloraba en silencio. No obstante todo eso, el cura procedió con la ceremonia, pero antes, y en voz baja, le dijo a la novia: ―¿Es que acaso estás loca?

―Hágalo mío, ―dijo Águeda, sonriendo maquiavélicamente y en voz baja también, ―eso es lo que me importa.

Don Ramón no asistió a la recepción. Se fue a su casa, y se encerró en su alcoba. No pudo soportar más el ver a su querido hijo deslizarse por la pendiente de la infelicidad y la desgracia. Las personas mayores, y algunas no tan mayores se retiraron cuando el mariachi fue despedido, después de tocar por lo menos unas dos horas. Entonces, cuando el grupo de rock comenzó a tocar, todo fue una locura. La recepción se prolongó hasta la madrugada. El champán, el vino, y la cerveza corrieron como si fuera un río. La borrachera se generalizó, y como de todos es sabido, lo primero que pierde una persona ebria es la dignidad y la vergüenza. ”La gitanita” no fue la excepción; le dio rumbo a su vestido de novia, se vistió con su atuendo a lo cordobés, y se puso a bailar rock and roll de manera escandalosa.

―Estás haciendo el ridículo, ―le dijo Luis en un momento dado, ―vámonos para la casa, mañana tenemos que viajar.

―¡¡¿Estás loco?!! ―gritó Águeda, ―¡¡Esta es mi noche y hago lo que se me dé la gana, vete tú si quieres!! ¡¡Eres mío, eres mío y de nadie más!!

Luis sintió que el cielo se le caía encima; una ola de rabia cayó sobre ser, y en ese momento sintió lo que nunca jamás había sentido: deseos inmensos de matar. En ese momento cruzó del amor al odio. Luis ya no volvió a ser el Luis que todos conocían. Es cierto que Luis era de oro puro: De corazón noble, muy inteligente, muy trabajador, y sobre todo muy bien parecido. De manera que el casarse con él era como sacarse la lotería, era como ganarse el trofeo más codiciado. Pero todo tiene su límite, y aconsejado por uno de sus buenos amigos, optó por irse de ahí.

―Tranquilo, tranquilo, ―le decía su amigo, ―nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, y en este caso, ella es la que pierde. Déjame te llevo a la casa, no creo que puedas manejar.

Fueron directo a la casa de don Ramón. Luis se bajó del coche y con la llave de la casa en la mano, se detuvo ante la puerta por algunos minutos. Finalmente regresó al coche.

―Llévame a mi casa, mi papá está dormido, no quiero molestarlo.

Pero no, don Ramón no estaba dormido, estaba en la ventana observándolo, inclusive oyó cuando Luis dijo ―no quiero molestarlo. Y Eso le dolió mucho a don Ramón.

―¿Desde cuándo piensa M’ijo que es una molestia para mí? No es ésta la primera vez que viene tarde a la casa y siempre bromeamos por eso, ―qué pasó anoche M’ijo, andaba con las muchachas verdá, ya sé, ya sé. Y así estuvo hablando consigo mismo hasta que el sueño lo venció.

Serían las diez u once de la mañana cuando una mujer tocó con insistencia a la puerta de la casa de Luis.

―Luisito, ―dijo la mujer con aprensión ―usted no merece lo que le están haciendo, tenga, es la llave del cuarto número siete del hotel, ahí está ella, váyase sin dilación.

La mujer era la manejadora del hotel, conocía a Luis desde que era niño, y era amiga de don Ramón. Era cierto, ahí estaba, mejor dicho, ahí estaban, durmiendo como si nada pasara. No se necesita ser un genio para imaginar lo qué pasó esa madrugada. Luis los estuvo observando por un buen rato sintiendo que la sangre le hervía en todo su cuerpo. Con todo aplomo y sin hacer ruido, agarró al hombre del cabello, le levantó un poco la cabeza, y en el momento mismo en que despertó, le zurrajó el puñetazo que le quebró la nariz y le tumbó dos dientes frontales. Luego, usando toda su fuerza, levantó la cama estando aquellos dos infames en ella, y la arrojó contra la pared.

Luis salió del cuarto con el rostro descompuesto y temblando de rabia y desesperación. Y desde ese momento, su corazón se llenó de odio y rencor hacia las mujeres. “La Gitanita” también cambió pero ya fue muy tarde. Se dio cuenta que habiendo tenido la felicidad en sus manos, no la supo aprovechar. Buscó el perdón de mil maneras pero nunca lo encontró. Fueron muchas las noches que fue a la casa de Luis, la casa que pudo haber sido de ella, la casa en la que pudo haber sido feliz por el resto de su vida en compañía de él, pero la puerta nunca se abrió para ella. Luis, continuó manejando su trialer por las carreteras de México, sin alegría y sin entusiasmo, y maltratando mujeres por todas partes. Una fría mañana de invierno encontraron a “La Gitanita” muerta de hipotermia en la puerta de la hermosa casita que pudo haber sido suya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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