“Escape”

(Todo un desastre por un insignificante casquillo de bala calibre 22)

     Me enteré del caso por díceres, por pláticas que van y vienen. Datos de más, datos de menos; exageraciones aquí, exageraciones allá. Así es la naturaleza humana. El título del relato va entre comillas porque, a mi modo de ver las cosas, no fue realmente un escape en todo el sentido de la palabra. Quizá el título debiera ser “Huída”, pero tampoco me convence, porque el protagonista de la narración no huyó de la cárcel. Es posible que: “Lo dejaron ir” sea el título que mejor encaje en el relato, pero si se trata de ponerle sensación al asunto, “Escape” es la palabra indicada, supongo yo.

    El asunto es que Humberto y su esposa Agripina, ―nombres ficticios― decidieron un buen día, allá por los 70s, casi en los 80s, ir a la frontera a visitar los parientes. Humberto gozaba de un buen prestigio como soldador, con licencia, y con bastante experiencia en ese ramo. Agripina, después de un lapso de unos tres años dedicados al aprendizaje del inglés, trabajaba en un centro para cuidado infantil. De manera de que por el hecho de que ambos trabajaban, gozaban de una estabilidad económica aceptable.

     Humberto ya le había echado el ojo a una “troquita” chévrolet de modelo antiguo ―1959― que había visto en un deshuesadero (yonque) y, claro, la compró. En menos que canta un gallo la reparó de todo a todo: motor “overjoleado” como dicen los mecánicos cuando desbaratan un motor para rectificar el cigüeñal, el árbol de levas, y las cabezas. Todas las partes internas del motor: válvulas, metales y anillos, todo nuevo. Humberto estaba consciente de que el motor es el alma del vehículo, de manera que se esmeró para que todo estuviera en perfecto estado. Mandó tapizar los asientos con baqueta de color negro; mandó pintar la carrocería de un color rojo brillante muy a su gusto. Tanto él como Agripina se enamoraron de la “troquita” inmediatamente. Fue pues en esa “troquita” que decidieron viajar en un fin de semana a la frontera a visitar los parientes y, claro, a lucir su nueva joya.

     Los problemas comenzaron al cruzar el puente. Los aduaneros revisaron el equipaje ―una maleta chica y un maletín― de una forma exagerada.

     —Muy poco equipaje señor, —dijo el agente.

     —Venimos a visitar los parientes, nomás por el fin de semana, —contestó Humberto.

     —Ta’ gueno, pásele, —dijo el oficial con prepotencia.

     Pero qué mala suerte tuvo Humberto, porque ahí estaban dos judiciales echándole el ojo a la “troquita”, y así, de buenas a primeras, decidieron confiscarla.

     —Somos de la judicial, párese ahí adelantito, necesitamos revisar la documentación y el vehículo, por aquí pasan muchos muebles robados.

     Humberto obedeció con sumisión, e inmediatamente tuvo la sospecha de que algo malo iba a suceder. La documentación estaba en regla.

     —Bájense los dos, vamos a revisar, ¿traen armas? —dijo el judicial, de muy mal modo y con prepotencia.

     —No señor, —dijo Agripina, —somos gente decente, gente que vivimos honradamente de nuestro trabajo.

     —Eso dicen todos, —dijo el otro judicial, groseramente.

     La “troquita” estaba limpiecita, nada bajo el asiento. En la cajuelita estaba el manual de la chevrolet, unos cuantos casetes de música norteña, y un tubo de pasta dental que Agripina había puesto ahí en el último minuto, antes de comenzar el viaje.

     Los judiciales inspeccionaron la “troquita” lentamente y con minuciosidad, profiriendo toda clase de palabrotas. Desesperados, seguramente porque no encontraban un motivo para confiscar el mueble. Finalmente, uno de aquellos remedos de policías, “encontró” un casquillo de bala calibre 22 en el cenicero. Y eso   fue suficiente motivo para la confiscación del vehículo y para la detención de Humberto acusado de “tráfico” de armas. Increible, pero cierto. Fue remitido a la cárcel dizque por tres días, según lo marca la ley para que “Averiguaciones Previas” investigue para ver si hay delito que perseguir, y bla, bla, bla. Tres semanas duró el calvario de Humberto y Agripina. Tres largas semanas en las que aquellos esbirros torturaron a Humberto de manera salvaje. Allanaron las casas de los parientes de Humberto sin autoridad alguna, volteando todo al revés: cómodas, trasteros y camas, en una búsqueda inútil de armas que ellos estaban seguros que no existían; esa era su manera de “investigar”, no conocían otra puesto que carecían absolutamente de los más elementales conocimientos de investigación criminal.

     No le dolió la boca al jefe de la judicial para imponer una fianza de cinco mil dólares aun cuando sabía que se trataba de personas que viven de su trabajo, personas que viven al día. Agripina lloraba inconsolable y le rogaba que tuviera un poco de compasión.

     ―¡Quédense con la troca, no importa, pero déjenlo libre! ―decía Agripina con desesperación. Sus ruegos cayeron en saco roto. La insensibilidad de los “judiciales” era increíble. En última instancia, Agripina se hizo acompañar de un hermano de ella para ir a hablar con el presidente municipal, ―quizá su intervención pueda ayudar en algo, ―pensó Agripina.

     El edil escuchó con atención el caso y movido a “compasión”, les aseguró que hablaría con el jefe de los judiciales para ver que se “podía” hacer. Depués de mucho estira y afloja entre los dos jefes, llegaron a la conclusión de que había que darle una salida “honrosa” al problema.

     —Mire señora, —le dijo el jefe de la judicial, —venga a visitar a su esposo el sábado, le pide permiso al comandante para llevarlo a comer al restaurante que está en frente de la comandancia, se trae mil dólares, y… ya usted me entiende… a lo mejor se van a comer a algún otro restaurante… allá en Estados Unidos.

     Claro que se fueron a comer al restaurante que estaba al cruzar el puente y ya no regresaron. De ahí enfilaron, con el corazón hecho pedazos, rumbo a la ciudad donde vivían. Perdieron la “troquita” y mil dólares además. Todo por un insignificante casquillo de bala clibre 22.

     ¿Se escapó Humberto? ¿Huyó de las autoridades? No, “honrosamente” lo dejaron ir.

 

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